
Si bien es cierto que la pandemia por covid-19 permitió desarrollar aprendizajes sociales, una mayor capacidad de resiliencia y hasta organizaciones diferentes en las dinámicas familiares, sin dejar de mencionar las variadas formas de interacción entre las escuelas y las familias, también se hicieron presentes la pérdida de aprendizajes de la currícula básica, originada por dos años de trabajo a distancia, y lamentablemente en algunos casos, la interrupción de la escolaridad para miles de niñas, niños y adolescentes, sea por el cierre de los centros escolares, por falta de conectividad a internet o mala calidad de la misma, no contar con un dispositivo electrónico, razones de salud o bien por motivos de vulnerabilidad en poblaciones de riesgo, dieron como resultado un preocupante incremento tanto en el rezago como en la pérdida de aprendizajes, lo cual continua su escalada de impacto en abandono escolar y retraso educativo.
Y precisamente cursando por esta crisis de aprendizajes y la pérdida en la matricula escolar, es que la Secretaría de Educación Pública presenta en agosto pasado, lo que denomina el “nuevo marco curricular para la educación básica”. Documento que en su estructura, minimiza las cifras reales del daño en el ámbito educativo después de dos años de clases a distancia por la pandemia: un año y medio de aprendizajes perdidos, deserción de 1, 698 000 estudiantes en educación básica y media superior, y el impacto emocional entre docentes y estudiantes, al parecer no son temas prioritarios para la autoridad que se encuentra apenas diseñando o piloteando, en el mejor de los casos, acciones para sostener las trayectorias educativas de los estudiantes.
Independientemente de que el citado documento se haya anunciado con bombo y platillo, lo realmente preocupante es la carencia de orientaciones didácticas claras, puntuales y precisas, la utilización de terminología desconocida y confusa para la mayoría de las y los docentes, que de ninguna manera favorecen la asimilación, comprensión y puesta en marcha de los que han dado en nombrar la Nueva Escuela Mexicana. Si se analiza en contenido de material se observa claramente que se hace referencia solamente a teorías y propuestas pedagógicas que han tenido su aplicación en otros países, y que para ser viables en México, se requiere de medidas y acompañamiento dentro y fuera del aula, que van mucho más allá del solamente “copiarlas”, la más relevante es la formación docente, que naturalmente va de la mano en cualquier actualización en los planes de estudio.
Quienes se dieron a la tarea de redactar el mencionado documento, parece que perdieron la brújula y omitieron considerar que en el ámbito educativo, los cambios curriculares impactan en su alcance a la normatividad y organización de todo un sistema, incluir a las diversas comunidades, principalmente aquellas que son consideradas de riesgo, la formación docente desde las escuelas normales, reestructuración de las formas de evaluar y hasta los cambios pertinentes en el documento informativo que se entregará a padres de familia en esa transparencia y rendición de cuentas del proceso de aprendizaje de sus hijos e hijas.
Este incompleto escrito denominado “nuevo marco curricular”, se perfila como una tarea en constante construcción, que lleva implícitos la articulación de planes de estudio, libros de texto gratuito, formación docente y una “transformación” de la gestión administrativa. Resaltando que los planes de estudio buscan fijarse en cuatro elementos: el derecho la educación, la comunidad en el centro, la autonomía docente (y las labores de codiseño), y la integración curricular.
La realidad que nos golpea el rostro refiere que la crisis en la que se encuentra el sistema educativo en México, demanda que un nuevo marco curricular tenga claramente definidas acciones concretas y realistas, rutas de implementación claras y precisas, así como una estrategia de monitoreo y evaluación oportuna para dar respuestas que verdaderamente atiendan las necesidades del presente y construcción de un futuro en cada uno de las y los estudiantes.
A diferencia de las reformas educativas de 2011 y 2017, que contaron con una estructura formal y la participación de especialistas en el ámbito educativo, este intento de reforma no convencional, únicamente hace referencia a proponer un “reordenamiento” de actividades y de los fines de la educación, considerando, desde su escasa perspectiva, que los avances pedagógicos que se han planteado hasta el momento, no son suficientes o adecuadas para poder ofertar una educación que esté al alcance de todas y todos los estudiantes. En estos momentos y dejando de lado la firma de acuerdos, son más los vacíos de información referentes al marco curricular 2022 que la certeza de los datos que se brindan, lo cual deja la puerta abierta a la “simulación” en su probable implementación en los diferentes niveles de educación básica, principalmente porque los centros escolares son señalados como los responsables de llevar a cabo el proyecto, como lo es el hecho de que actividades relevantes incluidas la formación docente y la transformación de la gestión son responsabilidades de las autoridades estatales y las comunidades escolares.
Una vez más, el obtuso pensamiento y la falta de capacidad de la autoridad educativa queda de manifiesto, cuando se ve claramente que están infinitamente lejos de construir una auténtica estrategia que permita la recuperación de los aprendizajes y así trabajar para aminorar los efectos de la pandemia y revertir las pérdidas, puesto que el aprendizaje en el futuro, así como los beneficios económicos y sociales de estas generaciones se encuentran en juego.
Falta visión, conocimiento y experiencia para implementar programas de recuperación pedagógica adaptados a los contextos de las diferentes comunidades, que brinden apoyo a las y los estudiantes a retomar trayectorias de aprendizaje realistas y acordes a las nuevas necesidades.
A este respecto, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), la Fundación Bill y Melinda Gates, el Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Mancomunidad de Naciones (FCDO), y el Banco Mundial han presentado el Marco RAPID para la Recuperación y la Aceleración del Aprendizaje, que agrupa cinco medidas políticas fundamentales y clave a corto plazo:
- Realizar el esfuerzo de llegar a todos los niños y mantenerlos en la escuela.
- Aplicar la evaluación de los niveles de aprendizaje con regularidad.
- Priorizar la enseñanza de los aspectos fundamentales.
- Intensificar la eficacia de la enseñanza, incluso a través del aprendizaje acelerado.
- Desarrollar la salud y el bienestar psicosocial.
Sin embargo, la inútil necedad y cerrazón de los responsables de la educación en México, han preferido intentar embaucar a la población con un trabajo inacabado, tal vez pensando que llamarle Nueva Escuela Mexicana sería suficiente para ocultar la estrechez de pensamiento y carencia de intelecto para construir un proyecto real y eficiente que verdaderamente satisfaga las urgentes y apremiantes necesidades de nuestros estudiantes.
Laura Águila Franco
Lic. en Psicología por la UNAM. Me he desempeñado como Psicóloga Escolar por espacio de 20 años, y como Directora Académica en los niveles de Preescolar y Primaria en colegios privados los últimos 15 años.
Formadora de Directivos y Docentes en la Reforma Integral de la Educación Básica (UNAM-SEP, 2009-2010), Participante en el Sexto Congreso Nacional de Primaria 2014 “Desafíos en el Aula”, en la Unidad de Congresos del CMN Siglo XXI.
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