
Desde hace varias décadas, es bien conocido que los habitantes de las grandes ciudades enfrentan los efectos nocivos de la contaminación atmosférica por la quema de hidrocarburos.
Sin embargo, cada vez con mayor frecuencia se afrontan las consecuencias de otra clase de contaminación que resulta no menos peligrosa y desquiciante; la que origina el ruido. Ahora bien, el ruido no sólo afecta al oído, sino a todo el organismo, debido a que propicia la liberación de ciertos neurotransmisores –como la adrenalina- que hacen latir más rápido el corazón, incrementan la presión arterial y las secreciones ácidas del estómago, y provocan dolores de cabeza, estrés y cansancio.
La contaminación acústica está considerada como uno de los factores ambientales que genera fuertes y numerosos problemas de salud, la Agencia Europea del Medio Ambiente (AEMA) señala que tan solo en Europa ocasiona al año un promedio de16,600 muertes prematuras así como alrededor de 72,000 hospitalizaciones.
Pero ¿qué es la contaminación acústica?
Hay que dejar en claro que no todo sonido o ruido se considera un contaminante sonoro, la OMS define como ruido cualquier sonido superior a 65 decibelios(dB), este ruido se vuelve perjudicial cuando supera los 75 dB, y doloroso a partir de los 120 dB.
Penosamente una condición que impera en la gran mayoría de los centros educativos es no contar con medidas para prevenir el ruido que invade las aulas y que puede causar agotamiento y estrés en los docentes, además de dificultar los procesos de atención y aprendizaje de los alumnos.
De acuerdo con datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el nivel de decibeles recomendado dentro de un aula es de 35, la realidad es que en México este criterio es prácticamente desconocido y ello trae como consecuencia que además de incumplir la norma, esta es superada de manera importante.
Los niveles elevados de ruido en un ambiente áulico genera que las y los docentes se vean expuestos a condiciones altamente estresantes, agotamiento físico e incluso afectaciones en la voz al verse en la necesidad de incrementar el tono cuando el ruido tanto del interior como del exterior dificulta el avance normal de las clases. En referencia a este punto y como resultado de una investigación realizada en el año 2018 el “Journal of Speech, Language and Hearing Research” señala que un 50% de los docentes (en Estados Unidos) sufren daños permanentes en las cuerdas vocales a lo largo de su desempeño laboral.
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Por la parte de las y los estudiantes, se ha demostrado que los altos niveles de ruido dentro y fuera del aula durante las horas de clase, reduce su capacidad cognitiva debido a la falta de concentración, problemas del sueño y dolores de cabeza recurrentes, de igual forma, en las niñas, niños y jóvenes se ha observado un incremento en los niveles de irritabilidad y agresividad como consecuencia de estar frecuentemente expuestos a altos niveles de ruido. Un estudio conocido como “Ranch Project” que se llevó a cabo en Holanda y Reino Unido, analizando los efectos del ruido en el proceso de aprendizaje de los niños de entre 9 y 10 años, ubicados en comunidades cercanas a aeropuertos y/o autopistas, arrojó entre sus conclusiones que “existe una asociación directa entre los problemas de comprensión lectora y un ambiente muy ruidoso”, razón por la que la contaminación acústica es quizás el segundo mayor problema detrás de la contaminación ambiental y del aire.
En las guarderías por ejemplo, el llanto de varios niños, altera los nervios, ya que llegan a registrarse hasta 90 decibeles, y dentro de las aulas escolares hay momentos del día que se superan los niveles adecuados y tolerables de decibeles, y aquí es importante resaltar que la productividad se da en función inversa al ruido que haya alrededor, por lo que a mayor ruido menor será el rendimiento de una persona. Si a esto se suma que la contaminación sónica presenta características que la hacen diferente de otras fuentes de contaminación, como el que sea el contaminante más barato de producir, necesita muy poca energía para ser emitido, es complejo de medir y cuantificar, no deja residuos, no tiene efecto acumulativo en el medio, aunque puede tener un efecto acumulativo en los daños a producir en las personas, se percibe a diferencia de otros contaminantes sólo por el oído, lo cual genera que se subestimen sus efectos.
Si se toma en consideración que la voz del las y los docentes juegan un papel primordial en el desempeño de una clase y en general en el ambiente áulico, y que la calidad pedagógica en un proceso de aprendizaje se encuentra estrechamente relacionada con la expresión oral tanto de docentes como de estudiantes, por lo que las y los profesores no solamente necesitan conocer y dominar el tema a exponer, sino también contar con habilidades para poder transmitirlo, y también se requiere el que los estudiantes muestren atención y concentración, condición que se ve altamente afectada por los niveles de ruido tanto interno como externo, durante los tiempos de clase, contribuyendo en gran medida a menoscabar el rendimiento escolar de los educandos.
Estas condiciones han llevado a considerar al ruido paradójicamente como una “epidemia silenciosa”, en buena parte porque se ha sabido insertar en el “paisaje vital” de las personas a tal extremo que no siempre se tiene conciencia del nivel de daño físico y psicológico que genera en los seres humanos, hemos adoptado a la socioacusia (exposición habitual al ruido de las ciudades) como una condición inherente a la vida diaria, un ruido al que nuestro intelecto se ha adaptado y que casi no escuchamos, pero que afecta a todos los niveles y provoca todo tipo de problemas, desde estrés hasta dolores de cabeza, y que de persistir la exposición a decibeles altos de ruido puede provocar lesiones irreversibles como la sordera.
Si bien es cierto que la realidad señala el control del exceso de ruido en el aula como todo un reto para las y los profesores, se requiere apostar por construir ambientes un tanto más tranquilos para favorecer el proceso de aprendizaje y mejorar la atención y concentración. Desde luego no se trata de que las y los alumnos permanezcan en silencio todo el tiempo, sino construir un ambiente de calma y respeto en donde todos puedan participar en orden y sin irrupciones, al considerar dosificar las intervenciones verbales y lograr ambientes con niveles de ruido controlados, también se estará favoreciendo la neuroplasticidad del cerebro, mayor concentración y asimilación de conceptos, fortalecer los procesos de memoria, incrementar el rendimiento escolar, fomentar autonomía en los alumnos, mejor comunicación entre profesores y estudiantes y éstos entre sí. Conseguir implementar un adecuado control del ruido en el aula será positivo para toda la comunidad educativa. No se trata de que los alumnos no puedan expresarse sino de que lo hagan con calma y respeto para que puedan intervenir compañeros y profesores.
Prevenir la disminución y/o pérdida auditiva es fundamental en todas las personas y edades, ya que como se señala el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus, Director General de la OMS: “Nuestra capacidad de audición es un bien muy preciado y, si no se tratan, las pérdidas auditivas pueden acarrear consecuencias devastadoras en la capacidad de las personas para comunicarse, estudiar y ganarse la vida. Además, también pueden afectar a su salud mental y a la posibilidad de que mantengan relaciones. Esperamos que todos los países integren medidas en sus sistemas de salud para hacer realidad nuestro anhelo de alcanzar la cobertura sanitaria universal”.
Laura Águila Franco
Lic. en Psicología por la UNAM. Me he desempeñado como Psicóloga Escolar por espacio de 20 años, y como Directora Académica en los niveles de Preescolar y Primaria en colegios privados los últimos 15 años.
Formadora de Directivos y Docentes en la Reforma Integral de la Educación Básica (UNAM-SEP, 2009-2010), Participante en el Sexto Congreso Nacional de Primaria 2014 “Desafíos en el Aula”, en la Unidad de Congresos del CMN Siglo XXI.
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