
Las guerras y conflictos internacionales tienen a menudo, diferentes “puntos de vista”. Se leen diferentes las razones del conflicto, se contraponen dichos que no son pruebas para justificar narrativas y sobre todo, es bien sabido que la historia la escriben los vencedores.
La última guerra mundial trajo consigo muchos avances de la tecnología al servicio de la muerte, pero también innovaciones que brindarían al mundo tan solo herramientas que dependiendo del portador, podrían ser para edificar nuevas y mejores sociedades o para convertirse en armas y controles.
Sigmund Freud, famoso psicoanalista dejó en su linaje más herencia de la que sus teorías han brindado al mundo contemporáneo, su sobrino Edward Bernays fue el primer propagandista reconocido; inspiración del régimen nazi para la gran maquinaria de propaganda y comunicación que diseñarían.
Desde entonces, el mundo no ha sido el mismo, porque cuando nos dimos cuenta de que, a través de una buena industria, del estudio de las audiencias y de un diseño audaz se podría manipular, convencer o enajenar a las personas se produjo un punto de quiebre.
No es otra guerra más, es de blancos…
Hoy, como ayer, y como hace cien años, reafirmamos la única constante del comportamiento humano, su carácter bélico. Ucrania es un conflicto que se distingue por cuatro razones sustancialmente: por la novedad de los hechos y la inmediatez que las redes permiten al cubrir este tipo de eventos; por la crisis económica y de suministros que las sanciones y bloqueos pueden generar para el resto del mundo; por amenazar “la paz mundial” con la sombra de las principales potencias, no solo económicas sino que nucleares; y por ser de un país de Europa del que hablamos.
Las redes ya han recopilado y denunciado el racismo que habita en reporteros y medios con respecto a Ucrania, el cómo editorialmente importan más sus víctimas porque son “niños rubios de ojos azules” o porque “no estamos hablando aquí de sirios huyendo, estamos hablando de europeos”.
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No por ello hay que hacer oídos sordos a una sociedad que se desplaza por la violencia, a civiles que están siendo armados por su gobierno y encuentran la muerte frente a un ejército invasor. Y, sin embargo, mi pesar no es restrictivo, tan solo el pueblo de Palestina lleva décadas en una situación similar, así como muchos otros países que no importan por las razones que sostengo hacen destacar a Ucrania y por una última, porque las víctimas no se parecen a lo “civilizado”.
Una sola cara de la moneda
“La verdad os hará libres” dice algún pasaje del texto más vendido del mundo. Pero la libertad es una cosa que no va de la mano de la guerra, porque tanto para defender como para atacar, lo preferido es un ejército y no un pueblo. Un ejército disciplinado que obedezca sin más, que no tenga otra verdad que la de su amo o comandante.
Los hombres y las mujeres libres son los que más sufren cuando una guerra se acerca, porque la libertad de decir, de pensar o de adquirir diversa información, se acota; porque la libertad del buen vivir se termina.
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El fuego y el metal no son la única amenaza, la muerte de las verdades también hace temblar a los que saben que el rey está desnudo, pero temen que su cabeza ruede del cadalso.
Esta semana medios rusos o de financiación rusa fueron prohibidos en territorio de la Unión Europea, y portales como RT y Sputnik bajados de la tienda de Apple en todo el mundo, los motivos “evitar que publiquen propaganda que justifique la guerra”.
Como si justificar una guerra fuera posible, para mí, mi verdad es que no hay guerras “santas” o “justas”, y que inclusive las odas de guerras libradas por el robo de princesas o asesinato de primogénitos son tan absurdas como cualquier otro acto “temerario”.
Pero sesgar al mundo, privar a cualquier cantidad de extraña gente, que anómalamente lee algo diferente, incluso contrario a lo que ya piensa o cree, es un acto fascista. Totalitario llaman al gobierno de Rusia o de Cuba por castigar manifestaciones contrarias al régimen, pero no es totalitario atentar contra el pluralismo.
Si con una guerra, el discurso de lo que es la democracia pierde, hay que estar loco para no suponer que la acepción de un discurso oficial, de una sola verdad no es una derrota también.
Mienten quienes aseguran que esta es una guerra de buenos contra malos, mienten quienes se dicen jueces de lo que es la verdad, y si callamos ante los embates de acciones que encadenan a las libertades, seremos cómplices del secuestro de nuestros propios derechos.
Aquellos que quieran creer en héroes de guerra y monstruos infernales aplaudan hoy estas medidas, tal vez su popularidad es debido a que ya hemos sido esclavizados sin darnos cuenta, y la libertad es el verdadero mito que aspiro buscar entre gente extraña y diferente.
Alexis Javier Esperanza Reyes
Ciencia Política y Administración Pública en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
Twitter: @JavierEsperanzz
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