
Ha pasado más de un año que fue declarada por la OMS la pandemia por COVID-19, y está más que clara la huella psicológica y social que está dejando en los seres humanos.
El confinamiento ha propiciado que la mayoría de las personas se sienta abrumada, fatigada…fastidiada y con los ánimos bajos para realizar cosas. Si se añade a esta ya compleja situación el hecho de que han cursado por pérdidas de familiares y/o amigos, de quienes la mayoría no pudo despedirse por regla sanitaria, son elementos que en conjunto tienen como resultado incremento de ansiedad y cuadros depresivos, llegando a convertirse incluso en un síndrome de estrés agudo.
Conozcamos algunas importantes diferencias, el ESTRÉS AGUDO es aquel que presentan las personas que han experimentado algún evento traumático, y se desarrolla en los primeros días y semanas después del evento, con duración de menos de un mes. Por lo regular, las personas muestran una capacidad natural para responder a eventos estresantes intensos, para después de transcurrido un tiempo prudente, recuperar la serenidad, lo que se conoce como homeostasis.
En el ESTRÉS CRÓNICO, se va generando una “desregulación psicobiológica” (escaso control de las emociones), que en casos extremos propicia diversos problemas de salud tanto físicos como mentales, debido a que el estrés crónico genera un desmedido desgaste, que a su vez desencadena en desajustes en varios subsistemas biológicos.
Al desorden de tipo mental que se manifiesta después de haber cursado por un evento de tipo traumático, se le conoce como ESTRÉS POSTRAUMÁTICO y sus síntomas se manifiestan siendo intrusivo (recuerdos constantes del evento, pesadillas, y gran angustia); es evitativo (evitar lugares, personas, hablar del tema, buscando disociar esa parte de la mente); lo más delicado de este cuadro surge como resultado de la batalla entre el querer olvidar y la compulsión de recordar y es la desregulación del yo (falta de control sobre la propia conducta) del resto de las funciones psíquicas, manifestándose como alteraciones del ánimo, problemas cognitivos y naturalmente de conducta.
Para poder ayudarnos a evitar o en su caso, enfrentar y resolver exitosamente estos cuadros que atentan contra la salud física, emocional y mental, es fundamental estar correctamente informados sobre la evolución de la pandemia, conocer los logros médicos que se van alcanzando, etc., ya que estos elementos permitirán a los individuos irse adaptando y venciendo los temores y angustias, recordar que dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a leer información o escuchar comentarios poco serios sobre el tema, llega a resultar contraproducente, llegando a saturarnos.
Durante este largo tiempo, hemos aprendidos que encerrarnos en nuestros hogares no nos ha preparado para hacerle frente a la pandemia y a la avalancha de consecuencias que ha traído a nuestras vidas. Tomar conciencia de nosotros mismos, de nuestros actos y sus consecuencias, hacer un esfuerzo por vivir el presente con optimismo y apoyar en la medida de lo posible a los demás en momentos tan intrincados representa una opción para brindar de nuevos propósitos a nuestra vida para no perder la perspectiva, en una palabra, ser resilientes.
La palabra Resiliencia se comenzó a emplear en la física, básicamente es un término que se toma de la resistencia de los materiales que se doblan sin romperse para recuperar la situación o forma original. Michael Rutter, quien es catedrático de Psiquiatría Infantil del Instituto de Psiquiatría de la Universidad de Londres y considerado una autoridad internacional en desarrollo del niño y psiquiatría infantil, es quien acuña en 1972, el término resiliencia para las ciencias sociales, haciendo referencia a la resistencia al sufrimiento y la capacidad de salir fortalecido de dichas experiencias dolorosas, con mayores recursos, competencias y conexiones emocionales.
Por supuesto que existen algunos factores personales que favorecen la resiliencia como una adecuada autoestima, la orientación y motivación al logro, tener conciencia de la auto-capacidad para la superación, la autonomía y la empatía. A nivel socio-cultural también será de ayuda contar con una buena red de apoyo, una figura o tutor de resiliencia y un entorno familiar cohesionado y afectivo. Entendiéndose como tutor de resiliencia a la persona que teniendo consciencia de ello o sin percatarse, es quien expresa un tipo de influencia orientadora en la persona que cursa por la vivencia de un evento traumático y presenta alteraciones en la percepción de su persona o seguridad.
Si bien mostrar una actitud positiva ante la vida y las dificultades manifiesta el lado productivo de la salud mental, también es fundamental aprender de la derrota y transformarla en una oportunidad de crecimiento personal. De este modo, la persona resiliente no es aquella que “nunca se cae”, sino la que independientemente de las circunstancias, se levanta siempre. Es esa competencia e inteligencia humana para adecuarse a situaciones verdaderamente difíciles como la que actualmente atravesamos debido a la pandemia por COVID-19, utilizando recursos físicos, emocionales y psicológicos para superarla y además conseguir ganar una transformación que permita desarrollar mayores fortalezas físicas y mentales.
Durante estos 401 días que suman ya de contingencia sanitaria, una de las medidas que más ha afectado y alterado los hábitos de convivencia de las personas ha sido el confinamiento social por la cuarentena. La población no estaba preparada social ni emocionalmente a convivir las 24 horas del día los 7 días de la semana, ante esta situación adversa surgieron un gran número de preocupaciones: temor al contagio, preocupación por la situación económica, pérdidas de empleo, fallecimientos de familiares y amigos, cierre de centros escolares, etc., mismas que tuvieron incidencia y afectación en las salud física y psicológica de las personas.
Este aislamiento social forzoso al que nos hemos visto abocados por la pandemia, ha puesto a prueba nuestras habilidades emocionales, cognitivas y socio afectivas. Nos ha obligado, a nivel individual, familiar, grupal y colectivo, a desarrollar y/o poner en práctica destrezas y capacidades para mantener nuestro balance físico, emocional y mental, en medio de la nueva cotidianidad que exige el aislamiento y el distanciamiento físico y social. Ciertamente no podemos controlar la propagación del virus pero hay acciones que nos pueden ayudar, como seguir las instrucciones de las autoridades sanitarias con respecto al confinamiento, uso de cubrebocas, lavado de manos, uso del alcohol gel desinfectante, mantener la sana distancia, etc. Mostrar una actitud responsable ayuda a reforzar la resiliencia para hacernos sentir auto-eficaces, asumiendo el sentir miedo y controlarlo para evitar el pánico, un nivel de miedo sano nos permite protegernos, nos hace proactivos y dispuestos a cuidar también de los demás.
La incertidumbre que enfrentamos en estos momentos a nivel global nos coloca de frente con nuestra propia fragilidad y vulnerabilidad, pero al mismo tiempo nos reta con la capacidad de resistir circunstancias adversas, preocupaciones y angustia que compartimos como seres humanos en el mundo entero. Por lo que, desarrollar y/o mantener la resiliencia en estos tiempos de pandemia, es esencial mantenernos activos, reflexivos, potenciando y utilizando las capacidades intelectuales frente a la adversidad. Necesario es fomentar la cohesión familiar, manteniendo los roles fundamentales de cada miembro y respetando los límites; mostrar y demostrar afecto, y preocupación por el bienestar de cada uno de los miembros de la familia, generando un apego seguro, estable y flexible como base para el proceso resiliente. Estar conscientes de que sin cambio no hay evolución, y por lo tanto, comprender que la nueva realidad apremia a modificar las expectativas y proyectos de vida, y asumir responsablemente los sentimientos de frustración e indefensión para construir sobre ellos los nuevos retos.
Debemos recordar que la resiliencia no es una carga genética, no es un don especial, no es para privilegiados; es una capacidad que se adquiere y desarrolla constantemente cuando enfrentamos la adversidad; por lo que se sustenta de pensamientos, aptitudes, actitudes, emociones, conductas que aprendemos durante todo el proceso de nuestro desarrollo humano. La pandemia por COVID-19 es el momento que se nos ha presentado para desarrollar esta capacidad, es un momento crucial para entender y comprender qué tan capaces somos como especie humana, de sobreponernos ante las dificultades que la vida nos presenta día con día, ser resiliente es una opción, es una decisión personal para salir exitosos y con nuevos aprendizajes de cada adversidad que enfrentemos.
En un estudio publicado en el Journal of the American Heart Association, se mencionan los rasgos similares encontrados en personas altamente resilientes:
- Autoconocimiento
- Responsabilidad
- Sentido del humor
- Conciencia del presente
- Optimismo y positivismo
- Flexibilidad
- Perseverancia
- Manejo de emociones
- Socialización y creatividad
Cuidar la salud física, emocional y psicológica de los niños, niñas y adolescentes (NNA) es un punto que no debe pasarse por alto. En casa es necesario establecer y mantener rutinas que les ayuden a tener y conservar sus vidas en orden, dentro de estas rutinas se encuentran las actividades educativas (clases en línea, etc), actividades recreativas; realizar ejercicio de forma regular es importante; restringir el tiempo del uso de dispositivos electrónicos después de las actividades académicas; asignarles acciones de apoyo en el hogar considerándolas también como oportunidades de aprendizaje; buscar generar situaciones de interacción social a distancia (video llamadas, etc), con familiares y amistades cercanas, ayudarán sustancialmente a ir generando resiliencia en los niños, niñas y adolescentes.
Tener muy presente que ser resilientes en tiempos de pandemia implica el aceptar que esta circunstancia es inevitable, y que también es temporal, que es momento de cuidar nuestra salud física, emocional y mental, asimilar que las cosas no volverán a ser exactamente como antes, que todos debemos colaborar para superar esta situación cambiando nuestra forma de entender y realizar las cosas, para que el mundo sea un mejor lugar.
Laura Águila Franco
Lic. en Psicología por la UNAM. Me he desempeñado como Psicóloga Escolar por espacio de 20 años, y como Directora Académica en los niveles de Preescolar y Primaria en colegios privados los últimos 15 años.
Formadora de Directivos y Docentes en la Reforma Integral de la Educación Básica (UNAM-SEP, 2009-2010), Participante en el Sexto Congreso Nacional de Primaria 2014 “Desafíos en el Aula”, en la Unidad de Congresos del CMN Siglo XXI.
