
Si hay algo que apasiona a psicólogos y educadores, es conocer cómo aprende el cerebro humano. El ser humano posee la inmensa capacidad de aprender, en gran medida debido a los estímulos que recibe de su entorno, y desde luego al sistema nervioso, ya que el cerebro tiene la facilidad de formar sinapsis para poder responder óptimamente a los estímulos recibidos, y generar así lo que llamamos aprendizaje.
Es importante recordar que la actividad cerebral responde a tres áreas primordiales del cerebro: la corteza pre frontal, el hipocampo y la amígdala. La primera es considerada como el director ejecutivo del cerebro, participa en la planificación y en la toma de decisiones, el segundo administra la memoria y se activa para almacenar y recuperar información, y la tercera va a actuar en conjunto con la corteza pre frontal y el hipocampo, a través de las experiencias creando recuerdos emocionales, que a su vez ayudarán a generar nuevos conocimientos.
Ahora bien, para que el aprendizaje pueda realizarse, se requieren de al menos el cumplimiento de los tres procesos elementales, conocidos como Dispositivos Básicos de Aprendizaje (DBA):
Atención: la capacidad de seleccionar y concentrarse en los estímulos relevantes. Es el proceso cognitivo que permite orientarse hacia los estímulos importantes y procesarlos para responder en consecuencia.
Motivación: estado interno que activa, dirige y mantiene la conducta de la persona hacia metas o fines determinados; es el impulso que mueve a la persona a realizar determinadas acciones y persistir en ellas para su culminación.
Memoria: codificación, almacenamiento y recuperación de la información, permite recordar acontecimientos, ideas, relaciones entre conceptos, sensaciones y todos los estímulos que en algún momento se han experimentado.
Estos DBA, facultan a la persona para realizar procesos tales como Acceder a la información; Procesar y comprender dicha información; Memorizar a largo plazo y Transferir y aplicar el conocimiento a situaciones nuevas. Por lo tanto, el aprendizaje se entiende como el proceso o desarrollo a través del cual se transforman y se adquieren habilidades, destrezas, conocimientos, conductas y valores, como producto del estudio, la experiencia, instrucción, razonamiento y la observación, es decir, se origina a través de los cambios de conducta que producen las experiencias.
Es en este punto donde se advierte la relevancia que ha estado tomando la neurociencia, entendida como el conjunto de disciplinas científicas que estudian el sistema nervioso, con la finalidad de aproximarse al discernimiento del engranaje que regula el control de las reacciones nerviosas y del comportamiento del cerebro. De este modo, la neurociencia expresa que el cerebro NO aprende repitiendo, por el contrario, la información se apuntala “haciendo”, moviéndonos, creando, emocionándonos. El córtex motor (la región del cerebro implicada en el aprendizaje de movimientos), como su nombre lo dice, es un órgano motor, y el niño requiere del juego y el movimiento para descubrir, explorar y, por lo tanto, aprender.
La neurociencia posibilita estudiar cómo aprende el cerebro, para aplicarlo en el día a día en la educación, con miras a enriquecer la estructura que se da al proceso de enseñanza y aprendizaje y poder ejercer influencia en el avance y progreso de los estudiantes, teniendo muy presente la plasticidad cerebral, entendida como la capacidad que posee el cerebro para adaptarse a los estímulos recibidos y transformarlos con el objetivo de que sean provechosos para la persona, recordando que también es de gran ayuda en la generación de un aprendizaje óptimo, contar con una buena calidad de sueño, una alimentación adecuada y balanceada de acuerdo a la edad de la persona y realizar actividad física, considerando que el cerebro consume alrededor del 20% de la energía que el cuerpo humano demanda.
Desde el punto de vista de la neurociencia, al diseñar un ambiente de aprendizaje es fundamental considerar que los estudiantes requieren explorar, pensar y expresar sus ideas de diferentes maneras y formas, los niños aprenden “socialmente”, construyendo activamente la comprensión y los significados a través de la interacción activa y dinámica con el entorno físico, social y emocional con los cuales entran en contacto, ya que para poder crear nuevas redes de neuronas, el cerebro necesita experiencias frescas, atractivas y emocionantes. La neurociencia está transformando la forma de entender el comportamiento humano y lo más importante el descubrir cómo se aprende, como almacena información en el cerebro y principalmente cuales son los procesos biológicos que facilitan el aprendizaje.
La realidad educativa que tenemos, son aulas saturadas de estudiantes, con un sistema escolar que prioriza contenidos sobre el aprendizaje, en donde el docente es considerado como un facilitador de “conocimientos y verdades”, y los educandos todavía son vistos como entes pasivos. Las estrategias para modernizar la educación incluyen el concebirla como un agente de cambio, replantear las políticas educativas y los programas académicos, estudiar, conocer y comprender el funcionamiento del cerebro, que el docente se observe a sí mismo como un co-constructor del aprendizaje junto con sus alumnos, fomentar y estimular que los estudiantes sean activos y participativos, e incluyendo por supuesto la educación emocional.
Ya se ha abordado en espacios anteriores, lo conveniente que resulta adecuar los sistemas de enseñanza a los diversos estilos de aprendizaje de los niños, con base en la madurez de los mismos (educación inclusiva), considerar que el cerebro tiene la amplia capacidad para modificar su estructura y funcionamiento en respuesta a los estímulos recibidos, que las emociones suscitan un gran impacto en el aprendizaje, que puede ser favorable o no, así como el hecho comprobado de que los elevados niveles de estrés pueden obstaculizar el curso y la evolución del aprendizaje.
Tener muy en claro que el aprendizaje es el procedimiento mediante el cual el individuo se adquiere el conocimiento sobre el mundo, mediante la interacción que ejerce con el medio que lo rodea, y que permite reestructurar sus esquemas mentales, mismos que van a ir definiendo e incrementando sus habilidades, destrezas y hábitos, que lo llevaran a un proceso formativo. La memoria es la secuencia a través de la cual el conocimiento se codifica, almacena, consolida y es recuperado cuando se requiere, por lo que, para que se dé el ciclo de aprendizaje se requiere de una experiencia concreta, de una observación reflexiva, para poder generar una conceptualización abstracta y llegar a la experimentación activa.
Y justamente es este proceso el que posibilita argumentar que el papel del docente es muy especial, ya que a través de su orientación y apoyo es como el alumno es capaz de desarrollar un aprendizaje significativo, para que posteriormente pueda llevarlo a su vida cotidiana y ejercer influencia en el entorno que lo rodea, adaptándolo a sus necesidades.
Estos avances y cambios, nos llevan de la mano a otro tema interesante, la neurodidáctica, entendida como aquella herramienta generadora de cambio que concibe a la innovación como un componente primordial, y una de estas estrategias es la educación virtual, en donde se entrelazan la enseñanza y el aprendizaje en una interacción constante, ya sea de manera asíncrona o sincrónica, enriqueciéndose con ambientes de aprendizaje que favorezcan la participación activa del estudiante, de una “aula sin paredes”.
Estos entornos de aprendizaje están sustentados en las llamadas plataformas, mismas que permiten la administración, organización y sobre todo la creación de contenidos educativos. Visto desde la neurodidáctica se percibe que el solo hecho de anexar a la práctica educativa herramientas como: videos, películas, audios, juegos, actividades lúdicas, etc. despierta cambios considerables en el ambiente de aprendizaje ya que se pone en función una mayor cantidad de sentidos y por consiguiente se logra acceder a las distintas formas de aprendizaje de los estudiantes.
Niall Ferguson, quien es un reconocido historiador irlandés y experto educativo, señala que “no podemos seguir enseñando a cada nueva generación de niños como la anterior”, y esta frase cobra mayor relevancia en los tiempos que estamos viviendo, donde la emergencia sanitaria de la pandemia por Covid-19 nos ha hecho virar el rumbo.
La educación en esta era tecnológica en que vivimos necesita urgentemente cambiar, para hacer frente de manera exitosa a la enorme tarea de atraer a los estudiantes a experimentar novedosas formas de aprender, por lo que la neurodidáctica se convierte en un fuerte apoyo para desarrollar y aplicar metodologías innovadoras que optimicen el aprendizaje dentro y fuera del aula.
Y aunque pareciera repetitivo, no olvidar que el cerebro necesita emocionarse para aprender, por lo que el aprendizaje ligado a las emociones será más productivo, la novedad, la sorpresa, curiosidad y la creatividad son alimento importante para la emoción, e incrementarán y facilitarán la probabilidad de que el aprendizaje sea mucho más significativo y duradero para el estudiante.
Laura Águila Franco
Lic. en Psicología por la UNAM. Me he desempeñado como Psicóloga Escolar por espacio de 20 años, y como Directora Académica en los niveles de Preescolar y Primaria en colegios privados los últimos 15 años.
Formadora de Directivos y Docentes en la Reforma Integral de la Educación Básica (UNAM-SEP, 2009-2010), Participante en el Sexto Congreso Nacional de Primaria 2014 “Desafíos en el Aula”, en la Unidad de Congresos del CMN Siglo XXI.
