
La fragilidad de nuestro planeta se hace cada vez más palpable debido a las consecuencias del acelerado cambio climático, las notorias desigualdades constantes, la división social, la intolerancia y el sectarismo político han generado situaciones críticas en algunos países.
Por otro lado, es necesario reconocer los progresos que en materia de habilidad y comunicación digital se han acelerado, encontrando ya que es cada vez más frecuente y natural hablar de inteligencia artificial (IA), biotecnología y nanotecnología, que se abren camino con rapidez en estos tiempos complejos, aunque también traen de la mano aspectos éticos y de gobernanza debido a la ponderación sobre la contribución que están haciendo hacia la humanidad.
De este modo, considerar que el conocimiento y los aprendizajes son los mayores y más preciados recursos renovables que poseemos los seres humanos, conlleva a un gran desafío: generar herramientas, recursos y alternativas para que la educación no solamente de respuesta a un mundo en constante cambio, sino buscar las estrategias para transformar al mundo. Así que, con las expectativas situadas en el 2050, la realidad nos marca que es preciso aprender a transformarse, examinar y replantear las formas en que a través de la educación y el conocimiento se contribuya al bienestar común a nivel mundial.

En esta ineludible tarea, el desafío es aprender a transformarse, que representa una filosofía de la educación y un enfoque pedagógico que comprende al aprendizaje como un proceso de desarrollo permanente, que ocurre de forma continua a lo largo de toda nuestra vida, por lo que pensar en transformase alude un conjunto de pensamientos y actitudes que resaltan las competencias y potencialidades de las personas, mostrando una apertura flexible a los nuevos conocimientos.
A este respecto, la UNESCO ha planteado la iniciativa denominada “Los futuros de la Educación”, en donde lo que se propone es reflexionar sobre la educación actual y buscar cómo transformar el futuro de la misma, en un mundo altamente complejo, lleno de incertidumbre y pobreza, recordando que en la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, la educación se constituye como pieza fundamental. La sostenibilidad por su parte, no debe ser vista como una meta fija, sino por el contrario, como un concepto en constante transformación, una forma de equilibrar las necesidades y prioridades, a través de la sostenibilidad se realizan esfuerzos para dar respuesta a las complejas necesidades del presente, buscando mejorar la calidad de vida sin agotar a los ecosistemas que brindan los recursos necesarios y desde luego sin comprometer el futuro de la humanidad.
Y es a través de la educación junto con el aprendizaje como se puede desarrollar y fortalecer la participación cívica, la libertad de pensamiento y el respeto a los derechos humanos, la emergencia sanitaria por Covid-19 nos ha dejado innumerables lecciones, el cierre de escuelas ha mostrado y continuará haciéndolo, los efectos negativos que perdurarán en el tiempo, sin embargo, con la reapertura de las mismas también llega la oportunidad de reflexionar acerca de lo valioso que son las experiencias de aprendizaje que se desarrollan en los centros escolares, profesores y estudiantes conforman una comunidad de rasgos únicos, construyendo una sinergia que es difícil que se dé en otros ambientes.
La huella que el aprendizaje digital está marcando a estas generaciones bien merece ser analizada, pues como lo menciona Tristán Harris, del Centro de Tecnología Humana con sede en California, lo que más nos educa todos los días es… nuestro móvil, durante estos últimos 20 meses hemos sido testigos lamentablemente de que muchas de las opiniones de los estudiantes están basadas en los que aprendieron o buscan en línea, y esto pone en riesgo el futuro de la educación, refleja claramente nuestra fragilidad, haciéndonos vulnerables ante nuestra propia realidad, y a la vez es un regalo, una oportunidad única para comprender que lo “normal” es el resultado de las elecciones y acciones colectivas, más no de las necesidades. El Covid-19 nos ha enseñado que el aprendizaje se da en la disrupción, que no podemos pretender seguir considerando los procesos educativos como en el pasado, lo que se requiere es crear, innovar, construir nuevos esquemas que satisfagan las nuevas necesidades, en otras palabras, transformarse.
Con la iniciativa planteada por la UNESCO, el objetivo es “replantear cómo el conocimiento y el aprendizaje pueden conformar el futuro de la humanidad y del planeta”, reconociendo que existen abundantes y diversas formas de ayudar a mejorar las condiciones del planeta. Así también, comprender que ya no es viable pensar en un “futuro único”, sino en varios “futuros posibles” para la humanidad, para este planeta común, futuros que se encuentran conectados, más no restringidos por el pasado y el presente, por lo que la educación mandata recuperar valores como el respeto, empatía, igualdad, solidaridad, que los centros escolares urgentemente deben anexar a sus currículas académicas en todos los niveles, desde educación básica hasta profesional.
Que la educación superior se debe empezar a valorar como un bien público, como un motor de desarrollo social y económico en toda nación, promover ir a la vanguardia en la lucha contra la crisis climática por la cual estamos atravesando, así como de otros desafíos mundiales, a través de gestar el conocimiento y apoyados en la tecnología de manera positiva.

El Instituto Internacional de la UNESCO para la Educación Superior en América Latina y el Caribe (IESALC), mismo que promueve la creación de futuros alternativos para la educación superior, el pasado mes de mayo emitió un informe sobre el Futuro de la Educación, resaltando lo que considera los cuatro mensajes clave que enfrentará la educación superior con miras hacia el 2050:
- Asumir una responsabilidad activa en el desarrollo del potencial de la humanidad.
- Promover el bienestar y la sostenibilidad, orientados hacia la justicia, la solidaridad y los derechos humanos.
- Nutrirse de la interculturalidad epistémica y la diversidad, respetando las culturas y las identidades, y creando espacios para el diálogo.
- Crear y mantener la interconexión, forjando colaboraciones entre comunidades locales y globales, y vinculando la educación superior con otros niveles de educación, incluido el aprendizaje no formal e informal.
Se debe asumir que la pandemia por Covid-19 colocó a la vista de todos que es necesaria mayor cooperación mundial en áreas tales como investigación, innovación y mejora científica, pues las respuestas a este tipo de retos y emergencias solamente lograrán sus objetivos a través de la cooperación internacional, soportada en valores de integridad y equidad, mismos que se requiere se trabajen desde las escuelas.
El futuro de la educación no se visualiza sujeto a asignaturas específicas, ni mucho menos a privilegiar el trabajo individual de los estudiantes, por el contrario, estará orientado al desarrollo de habilidades tales como la comunicación, creatividad y pensamiento crítico, a través de modelos inmersivos y de realidad aumentada. Y en este punto cabe resaltar lo que el lingüista Noam Chomsky, la ex primera ministra australiana Julia Gillard y el profesor Sugata Mitra (profesor de Tecnología Educativa en la Facultad de Ciencias de la Educación, la Comunicación y el Lenguaje de la Universidad de Newcastle, Reino Unido), expresan “las escuelas se convertirán en redes donde los alumnos interactuarán entre ellos y con el profesor de forma que se produzca un “aprendizaje colaborativo”.
Laura Águila Franco
Lic. en Psicología por la UNAM. Me he desempeñado como Psicóloga Escolar por espacio de 20 años, y como Directora Académica en los niveles de Preescolar y Primaria en colegios privados los últimos 15 años.
Formadora de Directivos y Docentes en la Reforma Integral de la Educación Básica (UNAM-SEP, 2009-2010), Participante en el Sexto Congreso Nacional de Primaria 2014 “Desafíos en el Aula”, en la Unidad de Congresos del CMN Siglo XXI.
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