
A raíz del confinamiento que se ha tenido que cursar debido a la pandemia por Covid-19, y que ya suma 507 días, inevitablemente se ha transitado por eventos que originan estrés en mayor o menos medida para el grueso de la población, propiciando cuadros de ansiedad, depresión y también problemas cognitivos.
Si bien es cierto que se han tenido avances en el curso de la pandemia gracias a los procesos de vacunación, no son los suficientes para poder determinar que esté cercano su fin, debido a que las mutaciones que la cepa original ha mostrado, siguen generando nuevas variantes, y a querer o no continúa siendo fuente de angustia asimilar y procesar los cambios a los que debemos enfrentarnos.
La vuelta que ha dado la vida es en varios rubros, no solamente se han modificado las familias y la forma de relacionarnos, ha cambiado la forma de trabajar, de aprender, de estudiar, de socializar y algo muy importante: nuestros cerebros también han cambiado. Los cuadros de ansiedad y depresión se vieron incrementados durante los primeros meses de la pandemia y durante el invierno pasado en donde más del 40% de la población encuestada reveló haber cursado con estos síntomas, a nivel mundial.

Ya para el mes de junio de 2021, se viene observando una ligera disminución de estos cuadros, a medida que se avanza con el esquema de vacunación y se reducen también el número de contagios y por lo tanto, de decesos.
Sin embargo, cada vez se localizan más secuelas debidas al coronavirus, principalmente en personas que enfermaron de covid-19, y uno de ellos es la nombrada niebla mental pandémica, condición que abarca los olvidos, la dificultad para concentrarse y estados de confusión general, y que su prevalencia se ha encontrado en cerca del 30% de los paciente, si bien el término no se constituye como un diagnóstico, clínicamente si se observa con regularidad en las personas que cursaron por covid-19.
Hay que tener presente que cada vivencia, aprendizaje y experiencia genera cambios en nuestro cerebro, produciendo nuevas sinapsis (conexiones entre las células cerebrales), o bien ocasionando que se pierdan algunas, y a este proceso se le conoce como neuroplasticidad, siendo esta la manera en la que el cerebro se desarrolla durante la niñez y adolescencia principalmente, y es justamente el mecanismo que el cerebro utiliza para seguir aprendiendo y creando recuerdos en la edad adulta, ya que este se va haciendo “menos flexible” a medida que se envejece.
De entre las circunstancias que ocasionan que el cerebro pierda células y conexiones neuronales se encuentra el estrés, debido a que al liberarse las hormonas glucocorticoides, principalmente el cortisol, accionan el mecanismo para que el cerebro y el cuerpo enfrenten al elemento estresante (con respuesta de lucha o huida) y provocan cambios en la frecuencia cardiaca, ritmo de respiración, para incrementar la respuesta de supervivencia, y habitualmente al desaparecer el evento estresante los niveles hormonales disminuyen hasta llegar a la normalidad.
Cuando el estrés es constante, o se convierte en crónico, el componente generador no desaparece provocando que el cerebro se mantenga saturado de estas sustancias químicas, y a largo plazo estos mismos niveles elevados de glucocorticoides pueden desencadenar variaciones importantes que propicien depresión, ansiedad, olvido y falta de atención.
El estrés crónico también puede alterar la corteza prefrontal, que es el centro de control ejecutivo del cerebro y la amígdala cerebral (la zona donde se identifica el miedo y la ansiedad). Gran cantidad de glucocorticoides durante un tiempo prolongado pueden dañar las conexiones tanto dentro de la corteza prefrontal como entre esta y la amígdala, lo que facilitará como resultado, que la corteza prefrontal pierda su capacidad para controlar la amígdala, dejando desregulado el centro del miedo y de la ansiedad.
La Dra. Barbara Sahakian, neuropsicóloga de la Universidad de Cambridge en Reino Unido, ha analizado los efectos del distanciamiento social y la ansiedad por la pandemia en la masa cerebral, encontrando que el hipocampo es una de las zonas del cerebro más afectadas por los efectos de la pandemia. El hipocampo también está involucrado en los procesos de aprendizaje y es una región que normalmente se deteriora con la edad, razón por la cual las personas mayores pueden ser más vulnerables, aunque también se ha detectado que los niños pueden experimentar retrasos en su desarrollo social y del lenguaje.
Durante estos 17 meses de pandemia, hemos vivido en “un estado dilatado de espera, de confinamientos y relajaciones, restricciones y medidas sin saber cuándo recuperaremos lo que ahora llamamos normalidad”, opina el Dr. Michael Yassa, neurólogo del Centro de neurobiología del aprendizaje y la memoria, en California, que sin duda alguna ha suscitado los eventos antes descritos, y es a “ese conjunto de dolencias que afectan a la salud mental y nos generan depresión y ansiedad, lo que coloquialmente estamos llamando cerebro pandémico”.
Sin embargo, los efectos del llamado cerebro pandémico implican más allá de una afectación leve de la memoria o un retroceso de la capacidad de aprendizaje, gran cantidad de receptores cerebrales son sensible y receptivos al cortisol, por lo que varias redes neuronales se afectan, produciendo cambios de humor frecuentes, sentimientos de miedo, incapacidad para concentrarse, realizar varias tareas simultáneas y hasta el tomar decisiones sin dudar.
Todo lo anteriormente descrito hace un llamado de alerta para voltear a observar los efectos que la pandemia dejará como legado a nivel de salud mental en los niños, niñas y adolescentes, quienes son grupos especialmente vulnerables debido al estado de desarrollo neurobiológico en el que se encuentran. Las consecuencias de esta pandemia en este sector de la población son preocupantes y los efectos nocivos a largo plazo del estrés producido por la misma sobre los procesos de plasticidad cerebral característicos de los adolescentes no pueden ser calculados todavía.
Lo que adquiere mayor relevancia, es pensar estrategias para abordar esta condición y actuar en consecuencia, atender las necesidades reales de niñas, niños y adolescentes es preponderante, escucharlos, responder a sus dudas y preguntas con datos veraces, información oportuna y en lenguaje acorde a su edad, identificar cómo se siente, que requiere y ayudarles a comprender la realidad que enfrentan, para que sean capaces de construir sus propias estrategias, organizarse y desarrollando mecanismos de adaptación y resiliencia.

En lo concerniente al proceso de enseñanza aprendizaje, se vuelve a hacer hincapié en la importancia de priorizar aprendizajes, de planificar sesiones de clase relativamente cortas, en donde la información que se brinde a los estudiantes sea dosificada, evitando así la falta de concentración y atención originadas por el agobio de saturación de contenidos. Incorporar cortes en donde se realice algún tipo de activación y/o ejercicios de respiración para oxigenar el cerebro y lograr nuevamente que el estudiante esté alerta y listo para atender y aprender.

Para quienes decidan continuar “en línea”, es necesario evitar en la medida de lo posible, los distractores existentes en el entorno del estudiante, es primordial considerar que los alumnos ya transcurren suficientes horas frente a una pantalla de computadora, tablet, etc., y evitar que continuar el resto del día frente a otros dispositivos (celulares, etc), lo cual no permite que el cerebro descanse y se desconecte de la agresión que significa estar tanto tiempo atendiendo un dispositivo. Considerar que también se debe prevenir que los estudiantes desarrollen nomofobia, que no es más que el miedo irracional que sienten muchos usuarios a no disponer del teléfono celular o tableta para utilizarlo todo el tiempo del día.
Necesario también es que los niños, niñas y adolescentes tengan contacto en la medida de lo posible y con todos los cuidados debidos, con entornos naturales, como un jardín o un parque, ya que comprobado está que los entornos verdes imprimen sensación de tranquilidad y bienestar, beneficiando el estado emocional y psicológico.
Como ya se ha visto, el estrés crónico y los prolongados tiempos de confinamiento no solo han afectado nuestra capacidad de memoria y concentración, también de socialización y habilidades cognitivas, y aunque la niebla mental y el cerebro pandémico aqueja de distintas maneras y a unos más que otros, definitivamente marcando la diferencia la capacidad resiliente de cada persona y el nivel de estrés al que se ha estado sometido. Definitivamente no son las mismas condiciones para quienes han estado sujetos solamente al aislamiento social, que para quienes además enfrentaron la muerte de algún familiar o persona cercana, o aquellos que perdieron su empleo y condiciones favorables de vida, y desde luego, para quienes cursaron con la enfermedad y afrontaron el temor a perder la vida, pues en estas circunstancias sumado al estrés crónico se encuentra el estrés postraumático, lo que acrecienta la inestabilidad de la salud mental, eventos depresivos, dolor emocional y ansiedad.
Rebecca Price profesora asociada de psiquiatría y psicología de la Universidad de Pittsburgh, considera que «si creamos para nosotros mismos un entorno más enriquecido donde hay más interacciones y estímulos posibles, entonces nuestro cerebro responderá a eso», lo que nos lleva a estimar que cuando nuestros hábitos de vida regresen paulatinamente a su estado prepandémico, nuestro cerebro también logrará hacerlo. Y aunque el cerebro de cada persona es distinto, se proponen algunas acciones que ayudarán a todos para dar la oportunidad de ir revirtiendo en lo posible, las afecciones de la pandemia.
Entre dichas actividades se sugiere:
- Organizar un tiempo para interactuar a través de las redes sociales o conversaciones telefónicas, para favorecer la conectividad entre la corteza prefrontal y la amígdala, sin que ello se convierta en dependencia.
- Realizar alguna actividad física o deporte, propiciando que los niveles de la proteína BNDF (factor neurotrófico derivado del cerebro) se incrementen, ayudando así a las neuroplaticidad, al actuar como neurotransmisor.
- Autogestionar es estrés, por medio de actividades como el yoga, mindfulness, respiración profunda.
Y en casos necesarios si se requiere, buscar ayuda terapéutica profesional, tener presente que las personas a lo largo de la vida superan y se sobreponen a eventos traumáticos, y el primer paso para lograrlo es que la causa estresante desaparezca, así que conforme se vaya avanzando en esta emergencia sanitaria y progresivamente vayamos retomando el contacto social, la vida laboral y académica de manera presencial (dependiendo de que los contagios disminuyan) con todas las medidas que aseguren la integridad física y emocional, también será necesario favorecer las funciones cognitivas.
Tener presente que generar rutinas es positivo y brinda mayores oportunidades al cerebro para ir restableciendo las conexiones neuronales favorablemente, levantarse y acostarse a la misma hora, tomar alimentos saludables en horarios regulares, realizar actividad física y ejercicio, hidratarse adecuadamente, leer y mantenerse ocupado en actividades productivas, será de enorme valía para ir superando las secuelas originadas por este tiempo de pandemia.
Laura Águila Franco
Lic. en Psicología por la UNAM. Me he desempeñado como Psicóloga Escolar por espacio de 20 años, y como Directora Académica en los niveles de Preescolar y Primaria en colegios privados los últimos 15 años.
Formadora de Directivos y Docentes en la Reforma Integral de la Educación Básica (UNAM-SEP, 2009-2010), Participante en el Sexto Congreso Nacional de Primaria 2014 “Desafíos en el Aula”, en la Unidad de Congresos del CMN Siglo XXI.
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