
La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en noviembre de 2015 planteo la Agenda 2030, que rige los Objetivos de Desarrollo Sostenible (DOS), también conocidos como Objetivos Mundiales, y fue adoptada por todos los estados miembros.
Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) se encuentran conformados por 17 retos o propósitos, cuyo principal fin es “erradicar la pobreza, proteger el planeta y garantizar que todas las personas del mundo sin distinción gocen de paz y prosperidad” (UNESCO, 2015).
Comencemos por definir el desarrollo sostenible, para poder dimensionar la importancia de este tema, en la Agenda 2030 se establece como: “la satisfacción de las necesidades de la generación presente, sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades” (sic), promoviendo entonces el equilibrio entre crecimiento económico, cuidado y protección del medio ambiente y el bienestar social. El ODS 4, tiene como meta garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover las oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos, en el periodo comprendido de 2016 a 2030. Indudablemente es una meta sumamente ambiciosa, pues se pretende con ella acabar con la pobreza, impulsando y favoreciendo la prosperidad económica, el desarrollo social, y la protección ambiental para todos los países, eliminando las desigualdades educativas existentes en la actualidad, lo que representaría acrecentar el acceso a la educación con verdaderas políticas de inclusión y equidad por parte de los gobiernos, así como estrategias que certifiquen el logro de aprendizajes de calidad para todos.
Como bien se sabe, la educación es un derecho humano y se considera también como una fuerza del desarrollo sostenible y de la paz, radicando aquí la necesidad de brindar educación para todas las personas, permitiendo así que desarrollen los conocimientos, las competencias y los valores necesarios que les permitirán vivir con dignidad, construir sus propias vidas y contribuir activamente en el mejoramiento de las sociedades en las que se desenvuelven. A este respecto, un enorme desafío lo representa el hecho de que en la actualidad hay en el mundo más de 262 millones de niños y jóvenes que no están escolarizados; seis de cada diez niños no han adquirido todavía, tras varios años de estudios, las competencias básicas en lectoescritura, matemáticas y ciencias, como lo señala la prueba de PISA (en los países miembros de la OCDE), 750 millones de adultos son analfabetos, y esta condición determina de forma sustancial la pobreza y la marginación en la que viven.
Ahora bien, la finalidad del ODS4 es dotar a los niños y jóvenes una educación de calidad, de fácil acceso, que les permita desarrollar cada vez más oportunidades de aprendizaje, con miras a lograr el acceso a la literatura y las matemáticas de manera universal, y para ello se ubica como uno de los principales componente para promover la adquisición de conocimientos el ambiente de aprendizaje, comprendido este como el espacio en el que los estudiantes interactúan, bajo condiciones y circunstancias físicas, humanas, sociales y culturales propicias, para generar experiencias de aprendizaje significativo y con sentido.
Para lograr estos ambientes de aprendizaje exitosos, se precisa replantear de raíz las normas educativas vigentes, actualizar los programas académicos, generar estrategias que permitan a estos ambientes ser inclusivos y efectivos para todos los estudiantes, mayormente ahora en tiempos extraordinarios de pandemia, en donde el grueso de alumnos y docentes se encuentran trabajando bajo el esquema de “educación en línea”, desarrollar indicadores de evaluación que posibiliten ir observando y midiendo la efectividad del trabajo y replantear los aspectos que sea necesario mejorar, considerando que la enseñanza en línea más que reemplazar las clases presenciales, es una herramienta para complementar y enriquecer las mismas. La educación es factor clave para el progreso y apertura de nuevas oportunidades, es prioritario abrir esos canales para las y los estudiantes, en un mundo que cambia constantemente y las necesidades globales también, se requiere con urgencia que las comunidades escolares se adapten y adopten el trabajo con nuevas tecnologías, que prioricen el hecho de que el proceso educativo impulsa el desarrollo de las capacidades intelectuales en las personas, y por ende se incrementa la probabilidad de romper el ciclo de la pobreza. Ese ciclo en donde los niños de los hogares pobres tienen una mayor probabilidad de abandonar la escuela que los niños cuyos hogares tienen una economía más holgada, sin olvidar que las disparidades entre las zonas rurales y urbanas siguen siendo elevadas, y en nuestro país más de 34 millones de personas no tienen acceso a internet, esto se traduce en que los niños y niñas que viven en ellas tampoco tienen la posibilidad de tener clases en línea, pues la gran mayoría no cuenta con una computadora o dispositivo en casa.
Si se tiene presente que, de acuerdo con el más reciente informe del Banco Mundial y la UNESCO, Education Finance Watch (EFW), correspondiente al periodo 2019-2020, los presupuestos para el rubro educativo no han sido ajustados de manera proporcional a los retos generados por la pandemia de COVID 19, especialmente en los países más pobres, y que dos tercios de los países con ingresos bajos y medios bajos (entre los que se encuentra México), han recortado sus presupuestos de educación pública desde el inicio de la pandemia, la tarea se torna compleja y urgente de realizar.
En México el panorama educativo muestra signos fuertes de atraso, si se considera que países como Corea del Sur desde 2011 se plantearon la meta de implementar libros de texto digitales en las escuelas, y para finales de ese mismo año, los alumnos ya no utilizan libros impresos, con la perspectiva de que los estudiantes se preparan para dirigir empresas y promover el desarrollo económico de su país, por lo que los estándares educativos son muy altos en todos los niveles. Es relevante que las leyes educativas del país asiático no se ven afectadas por los cambios de gobierno; las personas encargadas de la educación tienen la responsabilidad de modificar y adaptar el currículo escolar cada cinco años, con base en las necesidades laborales y de crecimiento del país, lo que se traduce en que los alumnos se preparan exitosamente para enfrentar las exigencias de la sociedad en la que se desarrollan.
Aquí en México, enfrentamos cada seis años, con el cambio de gobierno, promesas de mejorar un sistema educativo caduco, en donde se continúa con libros de texto impresos con errores, y los cambios en los contenidos son escasos y con actualizaciones limitadas, además de las fallas en la logística para que sean distribuidos cada ciclo escolar. En donde se privilegia el pertenecer a un sindicato para obtener concesiones y prebendas, y a través del cual se solapan acciones que van en contra del avance en la educación, como lo muestra el hecho de que a lo largo y ancho del país 5000 (cinco mil) profesores devengan un salario y primas completas, sin estar en activo, es decir sin dar clases en aula.
En los estados de Oaxaca y Puebla, el SNTE asigna plazas a profesores y otorga promociones, bajo la condición de sumarse a la participación política, estos dos ejemplos muestran el poder que ejercen, y que pone en duda que la rectoría de la educación verdaderamente la tenga el Estado.
La pandemia de COVID-19 ha acelerado en decenas de países el desarrollo de estrategias para implementar procesos tecnológicos que faculten a sus estudiantes a continuar con sus aprendizaje, evitando el estancamiento del mismo y ayudar así a lograr la meta del DOS 4, tristemente en nuestro país, para donde se desee voltear a observar, lo que se encuentra es un franco retroceso. Aumento en el número de pobres (62.25 millones de mexicanos en pobreza), crecimiento económico prácticamente inexistente, una emergencia sanitaria que ha sido abordada de manera ineficaz, un sistema de salud colapsado, políticas educativas vanas, etc.
Con este panorama, se ve muy lejano cumplir la meta de una educación de calidad para todos, inclusiva y equitativa, ya que los responsables de este rubro en México, responden al mandato de una sola figura, la presidencial, misma que carece de la más elemental visión a futuro, quien en innumerables ocasiones ha mostrado su desprecio hacia la ciencia, la cultura y la tecnología. Con un pensamiento tan obtuso es poco probable que en nuestro país, la educación sea considerada y valorada como un bien público común, como la base de la cohesión social, el bienestar y las oportunidades, si diariamente por espacio de dos horas, se envía a la población un discurso de odio y divisionismo, evadiendo cumplir así su labor como jefe de estado, que implica encarar los graves y profundos problemas que el país enfrenta, buscando soluciones a los mismos, en lugar malgastar en tiempo rastreando a “culpables del pasado”.

Mamta Murthi, Vicepresidenta de Desarrollo Humano del Banco Mundial, hace un urgente llamado para buscar soluciones que apoyen a la educación en el mundo, estableciendo que: “Estamos en un momento crítico en el que los países deben recuperar las pérdidas de aprendizaje generadas por la pandemia, invertir en educación paliativa, y aprovechar esta oportunidad para construir sistemas más eficaces, equitativos y resistentes. La crisis de la pobreza del aprendizaje que existía antes de la COVID-19 se está agravando aún más, y nos preocupa también la desigualdad de su impacto. Los países y la comunidad internacional del desarrollo deben invertir más en los sistemas educativos y reforzar el vínculo entre el gasto y el aprendizaje y otros resultados de capital humano”.
Es momento de entender que, aun cuando estamos viviendo tiempos atípicos y complejos, la pandemia se convierte en una llamada de atención para generar sistemas educativos más resilientes ante las crisis, más inclusivos, flexibles y sostenibles, en donde la capacidad para innovar sea el eje que abra las fronteras para mayores posibilidades de aprendizaje. Un país que no apuesta por la educación, la ciencia y la tecnología, ignorando invertir en ellas, frena sustancialmente el desarrollo económico y crecimiento del mismo y de su población, Andreas Schleicher, director de educación de la OCDE, lo resume diciendo: “La educación de hoy es la economía del mañana”, y seriamente hay que valorar esta expresión.
Despido este tema, con una frase que invita a reflexionar:
“La educación es lo que sobrevive cuando todo lo aprendido es olvidado” (B.F. Skinner)
Laura Águila Franco
Lic. en Psicología por la UNAM. Me he desempeñado como Psicóloga Escolar por espacio de 20 años, y como Directora Académica en los niveles de Preescolar y Primaria en colegios privados los últimos 15 años.
Formadora de Directivos y Docentes en la Reforma Integral de la Educación Básica (UNAM-SEP, 2009-2010), Participante en el Sexto Congreso Nacional de Primaria 2014 “Desafíos en el Aula”, en la Unidad de Congresos del CMN Siglo XXI.
Certificada en el Curso “Aprendizajes Clave para la Educación Integral” (SEP 2018), participante en el Taller “Aprendizaje Efectivo y el Rol del Coordinador en Colegios UNOi” (2020), así como en el Webinar “Herramientas Digitales para la Enseñanza” (UNETE-SEP 2020).
