
En los más recientes días, hemos visualizado un panorama muy negro en los medios de comunicación mexicanos. 31 periodistas asesinados durante la gestión del presidente Andrés Manuel López Obrador, 6 de ellos en este año, que apenas está por entrar a su segundo trimestre. Las agencias y organizaciones civiles ya han prendido las alarmas de manera definitiva. No se puede permitir que un gobierno que se dice progresista soporte, incluso con cierta complicidad terca, una situación tan lamentable como la que cientos de trabajadores de la comunicación tienen que vivir asiduamente.
Sumado a lo anterior, el acoso cada vez más grande contra periodistas, presentadores de noticieros, analistas conocidos y columnistas nacionales opositores desde las mañaneras, donde ya destacan: el caso enigmático de Carlos Loret de Mola; renace la polémica en torno a la difícil relación de Carmen Aristegui con el poder; se hace más notoria la incomodidad con Ricardo Raphael, Carlos Alazraki, Víctor Trujillo, Ciro Gómez Leyva y Joaquín López-Doriga; los exilios de Pablo Hiriart y los Ferriz; el acoso mediático contra ‘Chumel’ Torres, Denisse Dresser y los opositores a López-Gatell, o los rencores con Rafael Loret de Mola, Ricardo Alemán, Héctor Aguilar Camín, Enrique Krauze, Sergio Aguayo o Ángel Verdugo. Anoten también, los intentos de sometimiento a Grupo Reforma, así como el desconocimiento a Proceso y Julio ‘Astillero’, causantes de su llegada al poder.
Te podrán gustar o no, en cuanto a sus perfiles o interacciones en el debate diario. Sin embargo, salta a la vista por primera vez en décadas, el malestar ante la sociedad que el poder presidencial tiene contra sus detractores más notables. Se podría debatir con claridad qué clases de intereses persigue cada uno, no obstante, esto no debería ser pretexto alguno para impedir la actividad del derecho a la transparencia y a la información. Claro que antes alarmaba la manera en cómo se censuraba al cuarto poder, pero ahora se golpea, cancela y aplasta con pretensiones simplemente avasalladoras.
Resultaría sano que un mandatario o político expresara abiertamente su descontento con sus opositores apolíticos, es totalmente indispensable en una democracia titubeante como la nuestra. Sin embargo, algo que no se reconoce es la clara intervención de AMLO contra algunos de ellos líneas arriba. Para el silencio cómplice de Televisa, se tuvo que prescindir de Loret, quien, con intereses netamente económicos, creó la plataforma LatinUs, que es una de las más replicadas en la actualidad. Ni que se diga de Hiriart, quien se metió con la esposa del presidente, Beatriz Gutiérrez Müller, al compararla con María Antonieta tras el episodio del desencuentro con padres de niños enfermos de cáncer; hoy, por orden de su jefe, Manuel Arroyo, no se mueve de Miami. La extraña llamada que recibió Verdugo por parte de directivos de Excélsior, donde fue despedido por “hablar de más”.
La golpiza con toda la maquinaria que se le ha propinado al deleznable ‘Chumel’ Torres, quien habló de manera despectiva de su hijo menor, Jesús Ernesto…Y el más reciente, la tensión editorial que vivieron los conglomerados televisivos ante el abordaje del tema de la confrontación total que viven los criticables Loret de Mola con Andrés Manuel. Las discusiones en todos los frentes llevaron incluso, a Ciro Gómez Leyva a especular sobre su continuidad en el espacio nocturno de Imagen TV, así como la no contratación en esa misma televisora, de Alberto Peláez. Ni que decir de Televisa, quien, aun siendo aludida en una potencial calumnia, no salió a desmentir con fuerza a Palacio Nacional: de nuevo actúa como comparsa, se hincó ante el poder.
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Tampoco hay que obviar la manera en cómo se comportan, tanto dirigentes como seguidores de la Cuarta Transformación, con publicaciones extranjeras, entre ellas, las más sonadas: The Washington Post y The Economist. Muchos menos en redes sociales como Twitter, que claramente conserva una tendencia opositora más cercana a la derecha y sus partes conformantes. Sin embargo, a pesar de que puedan ser publicaciones propagandísticas o plataformas parciales, una de las labores del gobierno debería ser que dichos espacios prevalezcan, inclusive para que sean evidenciadas o evaluadas en una justa dimensión. Nunca debe caber la censura, ni como prioridad ni como atajo a la comodidad. Estar en el poder es un ejercicio que no es fácil ni transitable, los obstáculos siempre se hallan listos para entorpecer la carrera de la administración pública.
El arte de hacer política en el terreno meramente político reside en esa primicia. Tanto medios opositores, como oficialistas, o los ahora llamados ‘tibios’ (muy pocos, a causa de la polarización), lo deberían tener presente. No se deben soportar los extremismos o las locuras de una u otra parte.
No, no todos somos Loret. Sí se debe luchar, pero por todos aquellos que viven en la precariedad, en el miedo, entre el fuego o las amenazas. Que no sea por uno solo o por una oligarquía sin importar el espectro ideológico. Que sea por la vida y libertad de todos los medios y sus participantes. No es cuestión de jerarquías, es cuestión de una democracia que duda de sus fortalezas, exacerba sus conflictos y flaquea ante las debilidades expuestas. El piso debe ser parejo para todos ellos, para que el debate fluya en todos los niveles, y no se alcancen los puntos destructivos que se tocaron la semana pasada.
Eder Jorge Guillén Muñoz 🖋️
@EUt911
Ciencia Política UNAM
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