
La improrrogable fecha se cumplió: 30 de agosto y los centros escolares reabrieron sus puertas después de poco más de 17 meses que se declaró el confinamiento debido a la pandemia por Covid-19.
Desde varias semanas atrás, innumerables voces se levantaron argumentando principalmente para este regreso a clases que lo prioritario es la salud tanto de estudiantes como del personal docente, directivo, administrativo y de apoyo que labora en las escuelas, así como las necesarias condiciones para tratar de evitar contagios, remarcando que si bien es imperioso ya un regreso, no es el momento idóneo ni los centros escolares se encuentran en las condiciones óptimas para recibir a los educandos.
Y aunque se tuvo un periodo de tiempo bastante holgado (poco más de 17 meses), para brindar mantenimiento a los planteles educativos, esto no se llevó a efecto, como tampoco hubo la preocupación para desarrollar las estrategias pedagógicas que implica iniciar un ciclo escolar tan sui generis.

El tan ansiado retorno a clases presenciales (para las autoridades federales), se estuvo anunciando con bombo y platillo como la solución a las importantes problemáticas que la pandemia reveló: un frágil sistema educativo incapaz de responder a necesidades emergentes, fracasados programas como “Aprende en Casa”, “Jóvenes en TV”, y “Bachillerato en TV”, que tampoco estuvieron a la altura de las circunstancias, dejando al descubierto la lacerante brecha digital, debido a que la pandemia convirtió a la conectividad en el punto medular para garantizar el derecho a la educación.
Sumando también a estas dificultades, el agobiante incremento de la violencia intrafamiliar, situación que tampoco se resuelve con enviar a los niños a la escuela, mientras el ambiente agresivo no se atienda desde su origen, los agresores continúan estando en casa cuando los niños, niñas y adolescentes regresan a ella.
Un retorno que ha ignorado elementos tan básicos como que la escuela que los educandos dejaron atrás en marzo de 2020 ya no existe más y no se sabe si en un futuro volverá a ser lo que fue. Que los centros escolares no se componen solamente de paredes, techos y aulas, el que una de cada doce escuelas carece de agua potable, otras más solo la reciben por tandeo, los sanitarios se encuentran en condiciones deplorables, aunado a instalaciones eléctricas e hidráulicas carentes de mantenimiento, lo cual representa un inminente riesgo. Mobiliarios inadecuados, anticuados y poco funcionales para las nuevas necesidades, conectividad a internet (en donde cuentan con ella) deficiente.
Un retorno que tenía que haberse organizado, construido, preparado con una visión realista y de vanguardia, pues regresar al mismo espacio físico en ningún momento significa que se vuelve a las circunstancia laborales y pedagógicas de marzo de 2020.
Se les ha olvidado que las necesidades cambiaron, que las propuestas pedagógicas no pueden ni deben continuar siendo “lograr el mayor número de aprendizajes”, con los mismos contenidos de planes y programas que tampoco se dieron a la tarea de adecuar y reestructurar, de priorizar y enfatizar los aprendizajes para la vida, los más significativos. Con unos libros de texto que también se vieron enfrentados a un mediocre y fallido intento de rediseño, y que apremian ser adecuados a las nuevas realidades y necesidades.
Un regreso que solicita se realice “un diagnóstico”, aunque bien a bien los docentes no tienen claro qué van a diagnosticar y cómo utilizarán los resultados obtenidos, pues después de más de 17 meses de que los hogares se convirtieron en salones de clase emergentemente improvisados, en donde las familias apoyaron a sus hijos en los aprendizajes, es lógico inferir que los conocimientos y aprendizajes adquiridos mostraran grandes diferencias.

Un retorno a clases presenciales que usa como bandera el bienestar socioemocional de los educandos, olvidando que la distancia física es un requisito indispensable y que marcará una relación muy distinta entre alumnos y maestros, cuando el uso de mascarilla limitará el poder ver los rostros de los compañeros, maestros, alumnos y amigos, además de que debido a que se utilizará durante toda la jornada se convertirá en algo agotador para muchos.
La convivencia dentro del aula será totalmente diferente, al igual que en los recreos y la tan ansiedad clase de Educación Física, la estancia dentro de las aulas al parecer se restringirá a atender lo que las y los profesores expliquen y la resolución de tareas o ejercicios por parte de los niños y niñas. A dónde quedarán las valiosas y necesarias intervenciones del trabajo en equipo y colaborativo, propiciar debates sobre temas de interés, proyectos de investigación, elaboración de productos en conjunto… las nuevas reglas estarán marcadas por el distanciamiento físico.
Decisiones tomadas por una sola persona sin considerar que se ha dejado a los docentes y directivos en la soledad para enfrentar indicaciones burocráticas consistentes en realizar filtro tras filtro, supervisar higiene, colocar gel, etc., uso correcto y cambio de cubreboca de ser necesario, salidas al sanitario, la ingesta de alimentos, vigilar que no compartan útiles escolares, multiplicándose las tareas para atender a grupos de alumnos divididos, los presenciales y los que están en casa, planificar y diseñar ambientes de aprendizaje e intervenciones pedagógicas interesantes y motivantes para las y los estudiantes, directivos organizando a padres de familia en Comités para recibir a los alumnos y aplicar el filtro, supervisar ingreso y distancias entre alumnos, certificar que se realicen las actividades de limpieza y sanitización de las aulas y espacios comunes antes y después de las actividades escolares, sumadas a las responsabilidades que conlleva su importante labor dentro de las escuelas, sin omitir desde luego, las sesiones de Consejo Técnico Escolar. Una reapertura que presiona a padres de familia y comunidad en general, a participar en acciones que, a decir verdad, no son de su competencia.
Y lo verdaderamente sustancial, desde el plano educativo, desde la pedagogía y la didáctica queda en el olvido, “tras bambalinas”, el que directivos y docentes sumen sus saberes y adopten el reto para edificar y solidificar el proyecto educativo que las nuevas generaciones requieren y demandan, más aún en tiempos de pandemia.
Directivos y docentes vuelven a enfrentarse a que después de poco más de 17 meses, todavía hay un gran número de estudiantes que no cuentan con conectividad a internet, algunos más que tampoco tienen un dispositivo electrónico (PC, tableta, LapTop, Smart Phone), que puedan utilizar para tomar clases si decidieron no reintegrarse a presenciales, y desde luego, las habilidades digitales necesarias para manejar y obtener beneficio de los contenidos pedagógicos que se encuentran en las plataformas educativas contratadas por las escuelas de carácter privado.
Desde octubre de 2020, en la Reunión Global sobre la Educación, que es promovida y organizada por la UNESCO, tanto gobiernos como la comunidad internacional, reconocieron y determinaron cinco prioridades que requieren acción urgente para revertir los efectos de la pandemia en este ámbito: brindar apoyo a los docentes considerándolos como personal de primera línea, inversión en capacitación para reducir la brecha digital, el reforzamiento de las competencias y aprendizaje digitales posee la capacidad de aumentar el alcance y la pertinencia de los sistemas educativos y de mejorar las perspectivas de empleo de los jóvenes en nuestras economías digitales y en rápida evolución, todo ello con el apoyo en conjunto de la Coalición Mundial para la Educación, UNICEF y Generation Unlimited.
Si la pandemia nos enseñó que la brecha digital representó uno de los mayores impedimentos para que las clases en línea resultaran exitosas, la pregunta es ¿por qué en tantos meses transcurridos no se invirtió en este rubro?
Algo relevante a tener presente son los diferentes tipos de brechas a que nos enfrentamos:
- Brecha de acceso.- Es aquella en que las personas pueden o no tener acceso a este recurso, y por supuesto estará mayormente resaltada por las diferencias socioeconómicas entre personas e incluso entre países, debido a que la digitalización implica infraestructura e inversión onerosas.
- Brecha de uso.- Se refiere a la carencia de competencias digitales que obstaculiza y frena el manejo adecuado de la tecnología.
- Brecha de calidad de uso.- En este punto se encuentran las personas que teniendo acceso a dispositivos, internet, y contando con habilidades digitales, carecen de los conocimientos básicos para obtener y seleccionar información certera, de calidad y pertinente en la red.
Lo anterior contribuye de manera importante a gestar barreras para lograr procesos de aprendizaje exitosos, debido a que profesores y estudiantes se quedan rezagados o fuera de toda oportunidad de acercamiento al conocimiento, al no tener acceso a la tecnología y contar con las competencias y habilidades digitales suficientes y necesarias.
Se necesita inversión en educación, en infraestructura, en capacitación, en dotar a las escuelas de implementos necesarios para ofrecer seguridad a las comunidades que a ellas asisten. Los caprichos de un solo hombre deben quedarse atrás, la obcecación y el oscurantismo mental no tiene cabida cuando lo que está en juego es la vida de niños, niñas, adolescentes y sus familias.
Laura Águila Franco
Lic. en Psicología por la UNAM. Me he desempeñado como Psicóloga Escolar por espacio de 20 años, y como Directora Académica en los niveles de Preescolar y Primaria en colegios privados los últimos 15 años.
Formadora de Directivos y Docentes en la Reforma Integral de la Educación Básica (UNAM-SEP, 2009-2010), Participante en el Sexto Congreso Nacional de Primaria 2014 “Desafíos en el Aula”, en la Unidad de Congresos del CMN Siglo XXI.
Los comentarios realizados por las plumas invitadas en dlpoder.com reflejan perspectivas y análisis personales. DLpoder es un medio de comunicación democrático en donde todas las perspectivas aportan valor y son respetadas sin discrepancia.
