
Como casi cualquier tema de la discusión pública en este país, el relacionado con las elecciones concurrentes del 6 de junio y sus resultados también ha entrado en la espiral de la polarización.
Irremediablemente, por todos lados se nos reitera que estamos frente a una elección en la que: o elegimos no dar un paso atrás en la transformación del país y volver al pasado de corrupción; o nos decantamos por salvar la democracia del populismo y ponerle freno al país de un solo hombre.
Desde luego, en términos de retórica electoral es comprensible este doble escenario apocalíptico, en el que las fuerzas políticas pretenden “jalar agua para su molino”. No obstante, lo desafortunado del caso es que los términos de la competencia política no están dados por una confrontación de propuestas y proyectos serios, de cara a los graves y crónicos problemas que venimos padeciendo en el país. Todo lo contrario, son el miedo, el rechazo al otro, el odio y los prejuicios los principales motores para buscar el voto ciudadano, no a favor de una oferta política, sino en contra del adversario.
Dicho de otra manera, argüir que si no votamos por equis fuerza política es volver a un pasado funesto, o bien, que si sufragamos en cierto sentido es darle vía libre a la amenaza del populismo, son formas bastante pobres de simplificar la complejidad de nuestra realidad social. Pero, sobre todo, se trata de frases infelices que pierden de vista que las democracias son construcciones históricas finitas, las cuales todo el tiempo se encuentran sometidas a nuevas exigencias que les cuestionan y redefinen en sus propios principios, valores, objetivos y en sus mecanismos de materialización.
En una idea: las democracias no nacen garantizando derechos y, por tanto, existe la posibilidad de que estos se estrechen o se reduzcan con el paso del tiempo. Por lo que, independientemente de los gobiernos en turno, son las sociedades y sus ciudadanos los principales responsables de continuar trabajando de manera colectiva por la exigencia, permanencia y ensanchamiento de esos derechos.
Es cierto que hay determinados caminos como el del populismo que amenazan la pluralidad social y, por tanto, reducen los márgenes de participación e incidencia en la toma de decisiones. Sin embargo, la irrupción de este tipo de formas de representación política también es un llamado de atención respecto a las falencias del orden democrático vigente.
Y es que, aunque el populismo nos recuerda los fantasmas del totalitarismo y el autoritarismo que ensombrecen a la democracia, igualmente sirve como recordatorio de que en las sociedades modernas convergen lógicas democráticas y no democráticas; al tiempo que, cuestiona los límites de la voluntad popular en los regímenes democráticos y la subordinación de las decisiones públicas a una razón tecnocrática y a la dinámica del mercado, cuyos resultados —según lo visto en México y en varias partes del mundo— no han sido los mejores en términos de justicia y equidad social.
Así, más allá de los escenarios fatalistas que se pregonan de cara al 6 de junio —y de los cuales, no sobra decir, desde ya nos responsabilizan las fuerzas políticas a los ciudadanos por la forma en que decidamos en las urnas—, debemos ser conscientes de que nuestra democracia, como construcción histórica y social, continuará demandándonos la toma de decisiones colectivas de cara al futuro. Que estas sean positivas o negativas sólo el tiempo lo dirá, empero, como nos recuerda Nadia Urbinati (Yo el Pueblo, México, Grano de Sal, 2020), lo que sí resulta fundamental es tener claro que:
“salir del populismo es muy distinto de volver a donde estábamos antes. Ese <<antes>> se devaluó en el mismo momento en que permitió los éxitos populistas” (p. 247).
Jesús Miguel Islas Santiago
@Jesus_Islas
Lic. en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM. Alumno de la maestría en Ciencia Política de la Universidad Nacional de la Plata. Ex becario del Ministerio de Educación, Cultura, Ciencia y Tecnología de la República Argentina.
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