
En México se ha recorrido un largo camino en la búsqueda de un Estado con una división de poderes equilibrada. Sin embargo, esta división nunca se ha alcanzado con plenitud, es más, no es sino en las últimas dos décadas, con la alternancia política que tal fenómeno comenzaba a consolidarse.
Esto derivado de gobiernos divididos, donde el debate y el consenso entre la pluralidad de las partes vino a sustituir la toma de decisiones unilateral y arbitraria del partido hegemónico.
Entender la división de poderes en México no es complicado, nuestra Constitución es muy clara en su artículo 49, al decir que “No podrán reunirse dos o más de estos Poderes en una sola persona o corporación […]”. La razón es simple y el padre de la división de poderes, Montesquieu, lo plasma con mucha razón, y es que el poder en manos de una sola persona o grupo tiende a ser parcial y arbitrario. Un poder si contrapeso es un poder autoritario que tiende a ser tiránico.
La importancia de la división de poderes es esencial para cualquier democracia, porque permite el dialogo, discusión y consenso en los acuerdos políticos, sin imposiciones basadas en capricho. Lamentablemente en los últimos dos años hemos visto como la delgada línea de la “división” de poderes que comenzaba a dibujarse se vuelve a desvanecer como antaño. Con un Congreso al cual le dictan línea desde Palacio Nacional, hasta ataques directos al Poder Judicial. Hoy se ve de nuevo a ese viejo hiperpresidencialismo que se niega a morir y regresa bajo la bandera de una “victorial electoral aplastante”.
La invasión de Poderes y organismos autónomos se escudan en el voto “aplastante” y permiten que el presidente no tenga la necesidad de coexistir y convivir con otras fuerzas del juego político. Desde que llegó a la presidencia ha gobernado por medio de memorándums y decretos, invadiendo competencias, dejando muy claro que busca subordinados. El control del Congreso de la Unión y la legitimidad depositada en su figura son la fuerza de su autoridad, donde pocos son capaces de contravenirlo con el temor a ser linchado mediáticamente.
Los medios de comunicación han sido la herramienta favorita de López Obrador para coaccionar a quienes lo contradigan. Acompañado de esta herramienta tiene un Congreso con mayoría para hacer y deshacer a su antojo.
Si le molesta la CNDH basta con imponer una militante de MORENA como dirigente, o si alguna institución autónoma se le opone las desaparece (o les recorta recursos públicos con ordenarlo) y las absorbe su gabinete plagado de gente con 1% de capacidad y dudosa honestidad que después de preguntarles la hora, ellos sólo van a contestar “las que usted diga señor presidente”.
Un ejemplo del cómo funciona la División de Poderes en los tiempos de la 4Tse observan cuando un Juez Segundo de Distrito en Materia Administrativa, Especializado en Competencia Económica, Radiodifusión y Telecomunicaciones suspende la reforma a la Ley de la Industria Eléctrica, y el presidente pida que se le investigue como si se tratara de un criminal y lo señale de “corrupto” y “vendido”. Pero esto solo aplica si eres un “transgresor” a los designios presidenciales, porque si bailas al son que dicta el Jefe, no importa que seas un político con denuncias por violación, porque hasta te van a defender en las mañaneras y te van a premiar con una gobernatura. Ahí la importancia de la devoción ciega.
La señal es muy clara y así lo dijo Obrador el 6 de junio del 2020, “o se esta con la transformación o en contra de ella”. Para desgracia de muchos no es una transformación con pesos y contrapesos, puesto que la transformación no es más que un proyecto personal que cambia cada mañanera dependiendo del humor del Jefe.
Bajo este esquema los Poderes de la Unión deben de subordinarse, no a la ley y a sus deberes Constitucionales, sino al capricho que representa la “4T” para ese día. A estas alturas es innegable la práctica política por coacción y linchamiento público (intimidación) de esta administración para cualquiera que no se subordine. El trabajo que poco a poco se venia construyendo para tener un equilibrio de poderes se viene abajo por un presidente que piensa como Luis XIV, “El Estado soy yo”.
Héctor Gabriel Mújica Hernández
Ciencia Política de la UNAM
