
Las elecciones del 1 de julio de 2018, donde resultó triunfador el Presidente actual, tuvieron una participación histórica, pocas veces se ha visto tanta gente saliendo a votar. Esa noche se observaba un ambiente de esperanza y fiesta entre quienes le habían otorgado el voto al ganador.
El sexenio que concluía había estado marcado por la ineficiencia, la duda y la corrupción, eso causó una gran indignación en la población que, en su mayor parte, votó por López Obrador buscando un cambio.
Al contrario de lo que algunos (incluido el Presidente) suponen, los que creíamos que esa no era la mejor opción para el país deseábamos estar equivocados, todos queríamos mejores tiempos para México. Lo que nadie o casi nadie pensó es que el país fuera a deteriorarse tanto y tan rápido.
Desde tiempos de campaña la premisa mayor de López Obrador ha sido la urgente necesidad de terminar con la corrupción que, como todos sabemos, lleva décadas haciendo gran daño al país. Sin duda es una causa justa y legítima, pero este gobierno la ha usado más bien como un pretexto para justificar sus y la destrucción de programas e instituciones.
Probablemente programas como el Seguro Popular o el de Estancias Infantiles, instituciones como la Policía Federal y obras como el NAIM, por mencionar sólo algunos ejemplos, tenían problemas qué corregir, entre ellos la corrupción, pero también beneficiaban a miles de mexicanos.
Para terminar con la corrupción que podía haber en ellos se debió buscar y castigar a los responsables, no destruirlos provocando desempleo, crisis en el sistema de salud (que existía desde antes de la pandemia de COVID-19) y fuga de inversiones, entre otras consecuencias.
Prometieron ser “la esperanza de México”, pero lejos de eso, nos han sumergido en un ambiente de incertidumbre, miedo y, sobre todo, polarización. Se han dedicado a fomentar el revanchismo contra quien piensa diferente y contra la mayoría de los empresarios, pero es difícil encontrar a algún ciudadano de a pie que esté mejor: a los negocios no les va bien, muchos han perdido su empleo, no podemos sentirnos seguros en ninguna parte y hay miles de enfermos sin tratamiento.
Es cierto que en 2018 el país no estaba bien, pero al contender por la Presidencia y ganarla, López Obrador asumió la responsabilidad de sacarlo adelante y mejorarlo, de nada sirve centrarse en buscar culpables en el pasado.
En medio de un país en crisis provocada por tantas ineficiencias, el pasado 1 de julio volvió a ser “El Día del Presidente”. Toda la atención estaba puesta en él y en la celebración del segundo año de su triunfo, pero nadie más, excepto sus cercanos, tenía algo qué festejar.
Daniela Kuri Breña Morales
Twitter: @danikbm
Activista Política

