
Resulta claro que el futuro, pese a ser una de las utopías primigenias de la humanidad, no se puede predecir. Mucho menos, en la política. Para las ciencias modernas, entre ellas, la Ciencia Política, resulta un ejercicio meramente imposible. Sin embargo, uno de los métodos de análisis electorales más destacados en Occidente es el del Dr. Allan Jay Lichtman, historiador estadounidense emanado de la Universidad Americana de Washington.
Su sistema de predictibilidad electoral creado en 1973, en conjunto con el matemático ruso Vladimir Keilis-Book, ha atinado los resultados electorales presidenciales desde 1984 hasta el 2020 (con excepción de los comicios reñidos del año 2000), incluyendo el ascenso y la caída de Donald Trump al término de su primer mandato en la Casa Blanca.
El diseño de su metodología no radica en especulaciones ni encuestas, sino en la historia misma de los Estados Unidos y el comportamiento de su electorado, extrapolada mediante la introducción de variables matemáticas, además de variables económicas y sociales básicas como el crecimiento del Producto Interno Bruto, o la interacción entre el aparato gubernamental y los movimientos sociales de grandes repercusiones.

El sistema predictivo de Lichtman se basa en 13 proposiciones sobre el desempeño del gobierno y sobre los candidatos que compiten en las elecciones. Si 8 o más de las 13 son verdaderas, el pronóstico es que gana el presidente o el postulante de su partido. Si, en cambio, 6 o más son falsas, la predicción es una victoria opositora. Son las siguientes:
- Mandato partidario. “Tras las elecciones de medio término, el partido gobernante tiene más bancas en la Cámara Baja de las que tenía tras los anteriores comicios de medio término”.
- Competencia. “No hay una competencia seria para el candidato oficialista en las primarias”.
- Oficialismo. “El candidato oficialista es el presidente en ejercicio” (En este caso, se definiría mediante la afinidad programática o personal que el candidato o candidata tengan con el Ejecutivo federal).
- Tercer partido. “No hay un tercer partido o candidato independiente significativo” (Que sea capaz de alterar coyuntural o estructuralmente las posiciones y tendencias entre el oficialismo y la oposición).
- Economía de corto plazo. “La economía no está en recesión durante la campaña electoral”.
- Economía de largo plazo. “El crecimiento económico per cápita (por año) durante el mandato iguala o supera al promedio de los últimos dos mandatos presidenciales”.
- Cambios en las políticas públicas. “El Gobierno realizó importantes cambios en políticas públicas nacionales” (Sin importar, como sucedió con Trump, si éstos tienen efectos positivos o negativos).
- Conflicto social. “No hubo una agitación social sostenida durante el mandato” (Lo que podría implicar numerosas y constantes movilizaciones o coyunturas provenientes de un cierto grupo de presión y/o movimiento social).
- Escándalo. “El Gobierno no fue salpicado por ningún escándalo importante” (De cualquier índole).
- Fracaso en política exterior. “El Gobierno no sufrió ningún fracaso militar o diplomático significativo”.
- Éxito en política exterior. “El Gobierno logró algún éxito militar o diplomático significativo”.
- Carisma oficialista. “El candidato oficialista es una figura carismática o un héroe nacional” (O que ostenta una alta aprobación hacia su persona por parte de la población encuestada al respecto).
- Carisma opositor. “El candidato opositor no es una figura carismática o un héroe nacional”.
Las 13 variables establecidas por el Dr. Lichtman son demasiado claras y contundentes, debido a que no son palpables ni medibles mediante percepciones, sino mediante los hechos y los datos arrojados, tan básicos como indispensables para evaluar las gestiones y las aprobaciones partidistas que las fuerzas predominantes ostentan. Sin embargo, no son irrefutables, y tampoco pueden tomarse a la ligera para aplicarlas en el caso mexicano.
Para ello, se tendría que realizar un ejercicio preparatorio como el de predictibilidad electoral estadounidense, que se base en la historia y que se extrapole matemáticamente. En él, se deben de reconocer ciertas premisas:
- El hecho de que históricamente no hay un bipartidismo tan marcado como el del vecino del norte, sino que se transitó de un sistema de partido hegemónico hacia uno plural, amparado en una democracia procedimental que vive constantes cambios, menores o no tanto, durante cada administración.
- Que el candidato oficialista, en la mayoría de las ocasiones, no tenía una real competencia interna para satisfacer los deseos del presidente que lo elegía por dedazo.
- Que las administraciones mexicanas sufren, por antonomasia, de graves escándalos que afectan su percepción de honorabilidad y credibilidad. Es una variable que se halla descartada como ‘falsa’.
- Que el fracaso o el éxito en política exterior no es tan crucial como sí lo es en el caso de los Estados Unidos, que es una apreciación relativa, con un peso superlativo, pero que, conforme la globalización ha avanzado, parece tornarse en algo crucial.
- La aparición de figuras carismáticas forzosamente incluye la medición de las encuestas en las que se supone, Lichtman no se respalda fervientemente. Es la más subjetiva de las variables, en México representa un peso específico diferente al que tiene en la todavía primera potencia mundial.
No obstante, en las próximas dos ediciones de este espacio, se buscará replicar de manera breve, el estudio de las claves al caso mexicano, ver qué tan efectivo es y lo útil que podría ser como un posible planteamiento para la construcción de escenarios.

Eder Jorge Guillén Muñoz 🖋️
@ejgm911
Ciencia Política UNAM
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