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México: La violencia y el proceso electoral

Altanerías con Carlos Castillo 🖋️

El proceso electoral por el que, entre otros cargos, se renovará la totalidad de la Cámara de Diputados, se desarrolla en un clima de violencia y polarización política que podría agravarse durante el periodo poselectoral y extenderse al clima social.  

El clima de violencia desatado durante las campañas electorales en México ha llegado a niveles inéditos durante el proceso que culminará el próximo 6 de junio: 34 candidatas y candidatos asesinados, y más de 450 que han padecido algún tipo de agresión, que van desde amenazas hasta secuestros.

Varios son los factores que influyen en este fenómeno, en buena medida herencia de la violencia cotidiana en la sociedad mexicana, y que ha sido también la más alta, en cuanto a número de personas asesinadas, en lo que va de los últimos tres años.

Se encuentra, en primer lugar, la amplia presencia del crimen organizado en buena parte del territorio nacional, que ha obligado a que en estados como Guerrero o Michoacán, aspirantes declinen de competir por presiones o amenazas del narcotráfico. 

 A esto se añade la actitud condescendiente y en ocasiones hasta omisa del propio Gobierno de México frente a los cárteles de la droga: liberación de capos capturados en esta o en pasadas administraciones, cercanía velada con grupos delincuenciales, una estrategia de seguridad centrada en la máxima simplista “abrazos no balazos” y que en días recientes fue duramente criticada desde la portada y los contenidos de The Economist.

Está además el clima de polarización que el presidente Andrés Manuel López Obrador ha promovido desde sus informes cotidianos a medios de información, donde la demagogia del discurso y la reducción de la pluralidad nacional a “buenos y malos” han contribuido a enrarecer el debate público y a crispar el ambiente político.

Se suma a lo anterior la actitud de militantes del partido del presidente, Morena (Movimiento de Regeneración Nacional), en contra de diversas disposiciones tomadas por la autoridad electoral, así como el llamado en un acto público a acudir a los domicilios de dos de sus consejeros para presionar sus decisiones.

La constante instigación contra el Instituto Nacional Electoral por parte de Morena, y las descalificaciones que el propio presidente ha lanzado contra sus integrantes, son asimismo inéditas en la democracia mexicana: un sistema joven, funcional a partir de 1997 y que apenas entre 1993 y 1994, los años más complejos de la transición política, padeció el asesinato del entonces candidato presidencial Luis Donaldo Colosio, del presidente del Partido Revolucionario Institucional y de un cardenal de la Iglesia católica.

Sistema que, además, debió concientizar –a partir de 2006– a la ciudadanía y hacer frente desde el Estado a grupos delincuenciales en expansión, que pretendían transitar del control de zonas precisas del territorio a participar activamente en la política nacional. 

El esfuerzo realizado por la sociedad mexicana para hacer frente a la violencia ha sido una suma de labor gubernamental y de la sociedad civil, a través del trabajo de una prensa que padece también a la delincuencia organizada –17 periodistas asesinados durante los últimos tres años–, y de asociaciones que van desde la supervisión del apego a los derechos humanos de las fuerzas del orden, o la ayuda a madres en la búsqueda de familiares desaparecidos, hasta la generación y análisis de políticas públicas en materia de seguridad.

Resulta así preocupante que, en medio de un proceso electoral de las dimensiones que México vive este año, la violencia haya llegado ya a niveles no vistos en la última década, pues un ambiente social crispado inhibe la participación, amenaza con recrudecer durante la jornada electoral y anticipa un proceso poselectoral que puede trasladar la polarización política al ambiente social.

Buena parte de la narrativa de campaña utilizada por todos los partidos replica esa antítesis inconciliable de proyectos: la imposibilidad de convivir con el distinto, el desahucio del futuro en caso de que uno u otro llegue o pierda el poder, la oposición por un lado como bloque homogéneo y el gobierno en el otro, a la defensa de proyectos de país que se presentan como antagónicos.

A decir de la periodista Ivonne Melgar (Excélsior, 29-05-21), el escenario de polarización promovido por López Obrador desde el inicio de su gobierno, así como la narrativa electoral, implican por sí mismos “una victoria” anticipada para el propio presidente, quien instala de ese modo las bases para un potencial conflicto poselectoral, un recrudecimiento de la embestida contra las instituciones electorales, y la normalización de un clima de debate público que domina con comodidad.

El fracaso del diálogo político que implica la presencia, el fomento y la aparente perpetuación de esta polarización entre las diversas voces de la política, y una violencia presente en todos los estratos de la sociedad mexicana, representan un reto que, como en el pasado, debe convocar al país en su conjunto, instalado hoy en posturas inconciliables. 

Un llamado a asumir que niveles de violencia como los que vive México deben abordarse por encima de cualquier interés partidista o grupal, y más allá de todo escenario inmediato, sea político o electoral.


Carlos Castillo

Director revista Bien Común – Fundación Rafael Preciado Hernández

Twitter: @altanerias


Los comentarios realizados por las plumas invitadas en dlpoder.com reflejan perspectivas y análisis personales. DLpoder es un medio de comunicación democrático en donde todas las perspectivas aportan valor y son respetadas sin discrepancia.

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