
En la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, la educación y el aprendizaje ocupan el lugar central a nivel mundial. Abarca más allá de las habilidades para leer, escribir realizar operaciones matemáticas básicas, pues incluye un amplio abanico de competencias indispensables y necesarias para la vida cotidiana de niños, jóvenes y adultos.
Para lograr este objetivo (ODS-4), y después de los cambios surgidos debido a la pandemia por COVID-19, lo más apropiado será favorecer un enfoque holístico (visión integral y completa), orientado para que los sistemas educativos valoren la oportunidad de diseñar planes de estudio basados en pedagogías novedosas, mismas que permitan enriquecer y acrecentar los aprendizajes, la capacitación y preparación docentes, así como garantizar entornos seguros e inclusivos y reorientar el valor de la evaluación auténtica.
Aquella frase que establecía “Aprender para evaluar y evaluar para aprender”, cobra importancia y vigencia en estos tiempos, justamente porque las evaluaciones de los aprendizajes se han encontrado siempre en el punto medio de debates sobre políticas educativas al constituirse como uno de los instrumentos más funcionales para la medición, planificación, seguimiento y por ende, mejoramiento de los aprendizajes.
¿Qué significa evaluar en educación?
Es un proceso continuo y personalizado, que tiene como objetivo conocer la evolución de cada estudiante, para en su caso, incluir ajustes que permitan garantizar que todos los estudiantes alcanzarán los estándares educativos definidos para cada grado o nivel escolar. Con base en ello, las evaluaciones permiten recopilar valiosa información personalizada de cada educando sobre su nivel de avance, así como resaltar las necesidades particulares de cada uno, proporcionando elementos para poder crear o diseñar estrategias que faciliten el proceso de aprendizaje, y evitar aquellas que impidan o frenen los avances.
Considerada así, la evaluación además de brindar apoyo y soporte al alumno, también es una aliada del docente, al reforzar sus conocimientos y así mejorar sus técnicas de enseñanza y su pedagogía, realizar planeaciones más acordes a la realidad de sus estudiantes y utilizar los recursos de manera óptima, dando un oportuno seguimiento a las habilidades y competencias de los educandos, con miras a mejorar los resultados de los aprendizajes.
En épocas pasadas, cuando se hablaba de evaluación era frecuente relacionarla únicamente con la asignación de un numeral al desempeño del estudiante a través de un “examen”, cuando este término se refiere a probar los conocimientos, aptitudes, habilidades y/o capacidades físicas, y el aprovechamiento de los estudios o conjunto de objetivos, en un momento específico, asignando una calificación. Mientras que la evaluación es un proceso sistemático a través del cual se documenta y utiliza la información para medir conocimientos, habilidades y actitudes, es un análisis que se realiza a algún aspecto, persona, evento o grupo, y que se apoya en elementos de medición, para obtener información sobre el nivel de aprendizaje de cada estudiante.
Por lo tanto, el proceso de evaluar significa considerar los aprendizajes contextualizados, es decir promover que los estudiantes resuelvan de forma activa tareas complejas y auténticas (ligadas a su vida cotidiana), utilizando sus conocimientos previos, el aprendizaje reciente, aunadas a sus habilidades para solucionar desafíos auténticos. En este proceso, enseñar y evaluar se convierten en acciones indisociables, no existe separación entre ellas.
¿Por qué y para qué evaluar?
La evaluación constituye un proceso colaborativo y multidireccional, en el cual los alumnos se autoevalúan, son evaluados por sus pares y por sus profesores, y estos a su vez aprenden de y con sus alumnos, esto significa que al ser un proceso colaborativo, los alumnos participan en esa evaluación y se responsabilizan de los resultados obtenidos.
La evaluación por tanto, adquiere un propósito formativo, debe encontrarse inmersa en el conjunto de actividades diarias de clase, como parte natural de la enseñanza y del aprendizaje, y no como un conjunto de “exámenes” aplicados al final de cada tema o unidad.
La evaluación favorece la autonomía y la metacognición, debido a que los estudiantes al tener una participación activa, se motivan a mejorar el logro de sus aprendizajes, a descubrir y valorar sus propias competencias, y necesidades, lo que les lleva a tomar consciencia y responsabilidad de ser los propios constructores de su proceso de aprendizaje, entendiendo a la vez, sus procesos cognitivos.
Este estilo de evaluar se conoce como “evaluación auténtica”, justamente porque da respuesta a un cambio de paradigmas dentro de las políticas educativas, ya que se ubica y centra en un estudiante real, valora las diferencias individuales, coloca a cada estudiante en su propio contexto, llevándolo a enfrentar situaciones de aprendizaje reales, significativas y complejas, de manera individual y grupal.
En estos tiempos en donde todos hemos cursado por un cambio radical en las formas de enseñar y de aprender, la opción más viable para enriquecer los procesos de aprendizaje a través de la evaluación es evaluar aprendizajes multidimensionales, esto es, se necesita evaluar los conocimientos (el saber), las habilidades (saber hacer), así como las actitudes y valores (saber convivir y saber ser), de una forma integral y simultánea. Es indispensable evaluar las competencias reales de los alumnos, considerando su desempeño dentro y fuera del aula, corroborando como aplica el conocimiento en su vida cotidiana (aprendizaje formal y no formal). Evaluar de forma colaborativa, promoviendo la interacción y apoyo de los demás participantes, haciendo énfasis en el trabajo en equipo y evaluar colectivamente, no solamente de manera individual.
El trabajo en línea ha impuesto diversas complejidades, y una de ellas reside en la verificación de los aprendizajes y la evaluación de los mismos, si como hemos visto, la evaluación es una actividad continua inserta en el propio proceso educativo, y que evaluar sirve para aprender, en donde el “error” es considerado un estímulo para el aprendizaje, es momento de desechar las añejas formas de valorar a los alumnos, y poder tomar decisiones acertadas que beneficien a todos los participantes.
Los docentes cuentan con variadas herramientas para poder llevar a cabo una evaluación auténtica, como el uso de rúbricas, listas de cotejo, portafolios de evidencias, mapas conceptuales, proyectos de indagación, estudios de casos, y eventualmente pruebas de desempeño y ejecución, observación de clase aunado a la participación diaria, lo que enriquece y permite que su labor sea más amable. Lo importante es mediar o combinar entre observación del desempeño de los estudiantes y realizar evaluaciones flexibles, para poder encarar y dar solución a la crisis que se enfrenta en educación por la pandemia.
Si bien el proceso evaluativo debe ser continuo, requiere también de retroalimentación bidireccional de los participantes, es decir, tanto del docente como de los alumnos, y para ello es necesario conocer los indicadores considerados para realizar la evaluación, para que esta sea clara, objetiva y directa, abarcando las metas didácticas establecidas, conlleva no solamente calificar la evidencia de trabajo, la parte más valiosa es realizar observaciones y sugerencias para mejorar el logro del alumno, y todo esto significa que al realizar la planificación de clase, la evaluación sea un componente que debe estar presente para que funcione como una herramienta de apoyo para el docente y para el estudiante.
Ahora bien, de qué manera los docentes pueden realizar todo ello en un marco de educación en línea y a distancia, con qué recursos cuentan para corroborar si se están logrando los objetivos, y si los alumnos están consolidando aprendizajes, o bien si el aprendizaje desde casa está significando olvidar el objetivo de un aprendizaje profundo y por consiguiente, significativo y permanente. Podemos entender que, si se realizan los cambios necesarios y prudentes para que el trabajo virtual o en línea no sea un impedimento para la enseñanza y el aprendizaje, la evaluación continua en un marco de competencias será viable, el desafío se ubicará en la habilidad para continuar aplicando los principios pedagógicos básicos y fundamentales en donde el estudiante aprenda a utilizar los contenidos académicos como un medio para resolver problemáticas reales, y no con el fin de solo “aprenderlos” sin conexión a su vida cotidiana.
Lo que se recomienda evitar es trasladar un instrumento de evaluación de tipo memorístico, que privilegie solamente contenidos, ya que en el trabajo virtual es complejo asegurar que los estudiantes realmente apliquen lo aprendido, y solamente se estaría midiendo la capacidad de memorización de los mismos, no olvidar que la evaluación educativa asume un importante rol formativo, permitiendo que el profesor conozca si su aportaciones han resultado eficaces o no, y entonces aprovechar la oportunidad de modificar aquellos aspectos que mejoren su práctica docente para reorientar el proceso de aprendizaje de sus estudiantes.
El éxito del proceso evaluativo dependerá en gran medida de considerar que el ritmo y tiempo para realizarlo vaya en sintonía y sincronía con la enseñanza y el aprendizaje, asegurando en un mayor porcentaje los logros personalizados que los estudiantes alcances en su aprendizaje, y teniendo presente los cuatro pilares esenciales en la evaluación del aprendizaje: confiabilidad, validez, objetividad y autenticidad. La invitación hacia el profesorado es prepararse para instalarse en una cultura evaluadora que apueste por la innovación, si bien es cierto no es una tarea fácil que demanda conocimientos amplios en al ámbito pedagógico, habilidad para diseñar y desarrollar instrumentos que faciliten la evaluación, aunado a un conocimiento y dominio de estrategias tecnológicas, en donde el docente deja de ser el transmisor de conocimientos y el “mediador” entre los alumnos y los contenidos académicos, para asumir el rol de “evaluador permanente” del aprendizaje de cada uno de sus estudiantes, analizando y valorando los desempeños para consolidar o reorientar los logros individuales (aprendizaje adaptativo).
El acierto en el aprendizaje va de la mano con pedagogía de la curiosidad, de imprimir emoción para que se obtenga atención, pues sin atención no hay aprendizaje, desarrollar contenidos significativos, transversales y trascendentales, que sean el soporte para preparar a los estudiantes para enfrentar los desafíos del mundo real. Tener presente que aun las tecnologías más avanzadas y poderosas, tendrán un efecto pobre si no cuentan con bases pedagógicas fortalecidas para potenciar el aprendizaje.
Y como bien lo establecen Cornelio Cano y Catalina Hernández, ambos investigadores del aprendizaje en entornos tecnológicos, se deja aquí para la reflexión.
“El proceso de evaluación tiene una fuerte influencia en el aprendizaje; esta influencia es en ocasiones mayor que las que ejercen las actividades de enseñanza. Los estudiantes describen casi todos los aspectos de su estudio en función de las demandas del sistema de evaluación que utilizan los docentes. La evaluación formativa puede ser de mucha importancia para el docente, pero si no aporta nada a la calificación, los estudiantes no aplicarán interés en ella.”
(Cano & Hernández, 2009)
Laura Águila Franco
Lic. en Psicología por la UNAM. Me he desempeñado como Psicóloga Escolar por espacio de 20 años, y como Directora Académica en los niveles de Preescolar y Primaria en colegios privados los últimos 15 años.
Formadora de Directivos y Docentes en la Reforma Integral de la Educación Básica (UNAM-SEP, 2009-2010), Participante en el Sexto Congreso Nacional de Primaria 2014 “Desafíos en el Aula”, en la Unidad de Congresos del CMN Siglo XXI.
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